Hace ya cuarenta años




Si vas a decir algo, me dijeron una vez, procura  que sea original, que salga de ti, que no lo haya dicho nadie antes, no te limites a repetir como si fueras una cacatúa lo que han dicho o escrito otros; pero si lo que vas a decir no es nada original y ya lo ha dicho antes alguien, que es lo más probable, procura que  sea algo importante, si vas a hacerte eco de resonancia de sus palabras, procura que merezca la pena repetirlo; en caso contrario, mantén la boca cerrada y no digas nada.  Cállate. Tiende un tupido velo de silencio. Quizá es lo que debería hacer ahora. Pero no estoy seguro. Por eso mismo, porque no tengo una certidumbre absoluta, porque siempre cabe la duda,  que yo alimento, voy a romper mi silencio sepulcral de niño muerto y voy a empezar a hablar, caiga quien caiga, aunque el caído en ese combate y campo de batalla sea, lo más probable,  yo mismo.


No debería importarnos tanto quién es el autor de una cita literaria como qué es lo que transmite ese dictum, y si tiene razón o no, es decir, si reconocemos en sus acentos singulares algo de la voz y del sentido comunes, un reflejo de lo que nosotros sentimos y pensamos.  


Escribe Christiane Rochefort, autora que desconozco, en su libro “Los niños, primero”, obra que no he leído: “De todos los oprimidos dotados de palabra, los niños son los más mudos.” Estoy plenamente de acuerdo con esa afirmación. Creo que es la frase que más se adecua a mi foto escolar: yo soy un niño mudo y, aunque ya hago uso de razón y de entendimiento, no tengo libertad de expresión, ni libertad  sin más tampoco; dotado de lenguaje, no puedo hacer uso de las palabras para denunciar la falsedad de la realidad del mundo que me ha tocado vivir.


¿Qué voy a escribir? ¿Que he sido un niño del que abusó un adulto porque me dio por el culo no una o dos sino múltiples veces noche tras noche? No. Abusaron de mi porque me desterraron de la infancia, la única patria, todos los adultos, tanto los padres como los maestros y profesores. En ese sentido todos los niños hemos sido abusados, violados por los mayores, que no son pedófilos precisamente, porque la palabra implicaría, a pesar de todas las connotaciones negativas con las que suele cargársela y que arrastra, algo de amor o cariño o amistad hacia los niños, sino pedófobos, porque tienen  un miedo infantil al niño que raya en acérrimo odio, niño que todos traemos al mundo y que todos llevamos metido dentro.

Lo que quiero decir es que he sido, hasta ahora, un niño mudo, un infante, en el sentido etimológico de la palabra, que significa "alguien que no habla todavía", hasta que ahora, cuarenta años después, rompo a hablar para decir que las cosas no son blancas o negras, que nada es lo que parece, que víctima y verdugo son una y la misma persona: que yo soy mi tío pederasta y, al mismo tiempo, el sobrino abusado, y, contradictoriamente, ninguno de esos dos; que yo soy y no soy ese niño que ahora se mira en el espejo del tiempo y no se reconoce a sí mismo, que yo soy y no soy al mismo tiempo esa sombra, compañera fiel, que me ha acompañado toda la vida como si fuera mi fiel escudero. 

Cuando me miro en el espejo, no logro verme cara a cara;  es como si mi mirada y la de mi imagen no se reconocieran: mi reflejo me da la espalda como si no quisiera reencontrarse conmigo mismo, huye de mí, me rehuye; otras veces el espejo no me devuelve ninguna imagen, él, que ha sido mi fiel reflejo durante tantísimos años, ahora, como si yo fuera un vampiro, no me reconoce, me ningunea.  


Aquí estoy yo, o, mejor dicho, un antepasado mío que lleva mi nombre y mis apellidos y tal vez mi código genético,  con diez años, niño mudo y sonriente, hace ya cuarenta, sonriendo con una sonrisa fotogénica, falsa, por supuesto, de esa que le dedicas al fotógrafo hasta que te saca la foto; una foto  que fue tomada el 18 de junio de 1969 por un fotógrafo casposo, rijoso  y pederasta cuyo nombre, sepultado en la fosa común del olvido, no viene a cuento ni merece la pena ser evocado, que se encargaba de hacer reportajes a los niños de la escuela sentándonos a todos, uno tras otro, en la misma mesa con mismo decorado de fondo: un mapa mundi.
Un año antes de tomarme esta foto en blanco y negro para la posteridad, que es ahora mismo,  ya había hecho yo la primera comunión, junto a mi amigo R, al que había conocido en la escuela, y que me había hecho una confidencia con las lágrimas en los ojos: su padre, un borracho contumaz, pegaba sistemáticamente a su madre cuando volvía a casa después de haberse embriagado en todos los bares del pueblo, y él se encerraba en su cuarto y lloraba de impotencia. Le había preguntado a su madre que por qué tenían que soportar ese infierno, y su madre, esencialmente cristiana, visceralmente estoica hasta el masoquismo, le había dicho: "Venimos, hijo, a este mundo a sufrir".  Esa confidencia íntima nos había hermanado, era como el lazo de sangre que nos unía: dos almas gemelas, un alma en dos cuerpos.

Habíamos ambos comulgado con el cuerpo de Cristo, precisamente, habíamos recibido la primera hostia tras una ardua catequesis. Detrás de nosotros, el sacerdote y la catequista.  Con el tiempo mi amigo R. acabaría ingresado en un sanatorio psiquiátrico de por vida, diagnosticado como esquizofrénico... Pero no adelantemos unos acontecimientos  que se han sucedido en otro orden cronológico en la línea del tiempo, que no han sucedido todavía.

 
En la foto de arriba estamos los dos, ambos en la fila de atrás; yo, el primero por la izquierda, vestido de marinero, un tanto ensombrecido; él, el segundo por la derecha, con uniforme de almirante. Por aquellas mismas fechas yo era sodomizado noche tras noche por mi tío materno, que había estado navegando por todos los mares del globo terráqueo, y que compartía cuarto y cama conmigo. Abajo está R., en actitud orante, y, más abajo, su uirile membrum no circuncidado, que me ha sido dado catar.


Yo no podía decir nada a mis padres porque de alguna manera yo, que era la víctima, me sentía el culpable. No sé si era la belleza angelical y diabólica al mismo tiempo de aquel niño mariquita, o la capacidad de provocar el deseo del tío, lo que le/me hacía sentirse/me responsable. Sólo sé que después de que mi tío se marchó de casa, para casarse con su novia, a cuya boda fui invitado, añoré muchas veces su verga  alojada entre mis nalgas en la soledad de mis noches blancas. 



Desde que se fue, la cama era más espaciosa, más cómoda, pero me faltaba el calor de su cuerpo desnudo a mi lado, y toda la pasión, nunca mejor dicha una palabra, que había infundido en mí, su sobrino mariquita. Creo que su añoranza precipitó la eyaculación  del semen de mis primeras ensoñaciones nocturnas, el vago semen que evoco aquí de mis primeras poluciones.


Este niño vuelve a mi ahora, proyectándome las luces y las sombras de su blanco y negro, cuarenta años después -cuarenta años no son nada-, a recordarme con su silencio elocuente algo que también ha dejado escrito de alguna manera la susodicha  plumífera francesa: "Un adulto es un niño que se ha traicionado; como premio a su traición gana el poder, y un profundo sueño de olvido".  
Ya lo dijo Jean Genet: "Vivivir es sobrevivir a un niño muerto". Y es que eso es lo que ha sido mi vida una vez abandonado el jardín de la infancia: una supervivencia. He alcanzado algunas cotas de un poder que desprecio con todo mi corazón. Me he sumido en el hondo pozo del olvido.

Ha llovido mucho desde entonces. El mundo se ha transformado para seguir básicamente igual; no ha cambiado fundamentalmente nada en estos cuarenta años. Sigo siendo aquel niño mariquita, que añora con una mezcla químicamente pura de amor y odio acendrados a su tío marinero, a aquel lobo de mar que vino a despertarlo del plácido sueño de la infancia incrustándole su larga y gruesa verga en el diminuto receptáculo de su ano, inoculando en él el semen imperecedero de la rebeldía y del inconformismo. 

No le he perdonado que se casara con una mujer. No le he perdonado que le haya hecho hijos  a esa mujer. No le he perdonado que me abandonara.


Sus caricias eran como gotas de rocío ardiente que quemaban sobre mi piel desnuda, notas musicales de un piano interpretadas con una brutalidad magistral que electrizaban todo mi sistema nervioso. Su mano se deslizaba hacia mi entrepierna, en busca del fruto incestuoso y prohibido. Acariciaba mi miembro erecto por primera vez que yo recuerde. 

Yo duermo pero no sé si estoy soñando o es real lo que me sucede. Él acaricia todo mi cuerpo, que cubre de besos hasta despojarme de la única prenda que recubre mi desnudez infantil, el calzoncillo de algodón blanco. Yo me dejo llevar. Él me come el pene, me lame todo, incluso el ojo ciego del culo que, gracias a su ceguera, es el que más se abre a una percepción sobrenatural. Yo abro las piernas de par en par, como si fueran los pétalos de una rosa,  y me ofrezco por completo como víctima propiciatoria consagrada a su codicia,   hostia que va a ser inmolada impúdicamente en aras del amor.

Comienza a lamerme el ano, un culo desprovisto de vello, inmaculadamente blanco, y prosigue con mis pequeños testículos. Mi pene es pequeño en comparación con el suyo que se adivina debajo del calzoncillo con una protuberancia espantosa. Yo no tengo vello, todavía no me apunta el bozo, que me tardará en salir, no como a mi amigo R, cuya barba florecerá en seguida para su orgullo viril. Mi tío tiene barba de dos días, y me clava los pinchos de ella. 

Finalmente yo tomo la iniciativa de liberar su calzoncillo y sacarle el falo, una verga descomunal que me dispongo a comerle. Él, que no da crédito a mi audacia, pone cara de idiota en éxtasis: un falo largo, grueso y moreno. Se lo como. Él gimotea. Lamo sus gruesos testículos. Ordeño su verga con mis manos infantiles. Me la emboco. No me cabe en la boca. Finalmente me siento sobre su cara para que me coma el culo al tiempo que yo le devoro su miembro viril, su polla tiesa.


Mi culo blanquecino como la nieve, inamculadamente blanco, de un blanco resplandeciente que no ha visto los rayos morenos del sol todavía, violado sólo por su lengua golosa que busca la miel de mi ojete.


Finalmente me penetra. Nunca usó preservativo.  Se lo agradezco. Yo no se lo hubiera consentido: nunca habría eyaculado en mí y sembrado la semilla que sembró del inconformismo y la rebeldía. El preservativo introduce una premeditación y una precacuión que no existía entre nosotros, y no hacía falta que existiera. Tampoco existía entonces la terrible enfermedad que inventaron después para meternos el miedo en el cuerpo y en el espíritu y para matarnos de miedo.

Me mete toda la verga una y otra vez, entra y sale, mete y saca, dentro y fuera. Y vuelta a empezar otra vez. Venga y dale. Estoy a su merced, completamente inmovilizado y poseído. Inicia un rápido mete y saca. Me penetra totalmente. A cada embestida me penetra aún más. Yo soporto estoicamente su avasallamiento. Me encanta que me folle con tanto apasionamiento. Me la mete cada vez con más fuerza a la vez que me soba todo el cuerpo, como si quisiera asegurarse de que estoy ahí, de que soy un espejismo carnal de su deseo pederasta que no va a desvanecerse entre sus brazos. 

Finalmente, acabo por sentarme yo encima de su verga tiesa como un ariete,  que me sigue follando. Sus manos me ciñen delicadamente por las caderas: sus huevos se adhieren a la entrada de mi ano: me folla rápidamente, yo me apoyo sobre sus piernas abiertas, musculosas mientras recibo sus brutales dscargas. Me corro al fin sobre su pecho cubierto de vello ensortijado, rizado, selva enmarañada y lujuriosa. Él se viene sobre mí. Nos acariciamos. Hablamos y no nos decimos nada. Volvemos a besarnos. Cierro los ojos para soñar, para no ver la  mentira de la realidad, sino la materia de mis fantasías, concentrándome en la intensidad de las sensaciones experimentadas por primera vez en la vida, que me marcarán como un estigma: soy un puto mariquita jodido voluntariamente por el culo.
   




Yo como niño, nada más entrar en uso de razón y entendimiento, me rebelaba contra mi destino fatal y final que era ser hombre. No me refiero sólo a la clasificación sexual como varón, sino a ser adulto, un miembro del conjunto de la especie humana, un hombre como Dios manda, hecho y derecho. Yo asistía a mi propio deterioro, empezaba a parecerme sin querer al podelo que me imponían mis padres y profesores, los mayores, y que yo rechazaba. Y no sólo a parecerme, sino que de la noche a la mañana me convertía en uno de ellos: ya era uno de ellos. Mi vida se reducía a lo que se ha reducido, a esperanza de vida, es decir, a muerte.