25 de febrero de 2012

Violación; y Hace mucho tiempo


 


A la fuerza fue,
y en el acto eyaculó:
no quería yo.



oOo

Hace mucho tiempo (Long time ago)


 

Hace mucho tiempo peinaba yo una abundante cabellera larga y rizada, una melena ondulante y sedosa, negra como el azabache, que codiciaban no pocas  loquillas envidiosas que se creen  princesas de los cuentos de hadas y que creían, necias, que yo era su príncipe de sangre azul. Entonces dejarse la melena era anti-todo: era como ir pregonando que uno era lo que era: un maricón empedernido.  Hoy día mi alopecia es tal que no busco el reflejo de mi imagen en ningún espejo.


Hace tiempo, tantos años que se pierden en la noche de los siglos, mis erecciones eran tan frecuentes que parecía yo un Príapo exacerbado a todas las horas del día y de la noche. En ocasiones me puñeteaba hasta siete veces  al día en el transcurso de muy pocas horas. Pero eso fue, como digo, hace muchísimo tiempo, en la segunda mitad del siglo XX. Ahora si logro hacerme una pajichuela nomás, bendita sea la puñetita, me doy por bien servido y satisfecho.


Hace tiempo mi ojete,  más que romperse él, rompía vergas, las destrozaba literalmente, pues era tan apretado que sólo los más valientes osaban adentrarse en sus simas. No es ninguna hipérbole. Yo rompía vergas con el culo. No había polla por muy tiesa que estuviera, y algunas lo estaban como el acero templado de las espadas, que me agrandara a mí el agujerito.

Esto que digo lo digo sin presunción ni falsa modestia,  ya que mi entrega comenzó a los 25 años cabales, ni uno más, ni uno menos. Y, a lo mucho, otorgaba mis favores sólo dos veces al año a algún caballero bien armado, así que el estrangulamiento que provocaba mi ojete bien apretado y prieto a la verga que osaba penetrarlo, por muy grande y grueso que fuera su tamaño, era bestial, lo que originaba en mis jodedores una descarga no menos delicuescente y brutal...


Un buen día apareció un joven agente de seguridad, moreno, no tanto como la pez, pero sí lo suficiente como para volverme loco perdido por sus huesos. Vino a visitarme. Tras algunas cervezas desinhibidoras, exhibió su tranca y me quedé atónito y patidifuso:  era deslumbrante, larga y gruesa como ninguna que yo hubiera visto y destrozado,  morena toda ella de un tono delicioso en combinación perfecta con el rosa  exquisito de su glande descapullado,  y, por si esto no fuera suficiente y fuera poco, me la metió como ninguno me la había incrustado todavía, con tal ahínco, tanta intensidad y tal profundidad que  me folló hasta  las mismísimas entretelas del alma.

Fue él y nadie más que él mi príncipe de sangre azul, quien realmente me tronó, me desvirgó y rompió el ojete, me hizo ver estrellitas y llegar a besarle los pies al Eterno en la mismísima gloria bendita del Cielo.


Debo decir que algo tuvo que ver, sin duda alguna, también en aquella entrega  absoluta mía y rendición total, en aquella experiencia  sensual y mística maravillosa la poción mágica que ingerí de un trago y me puso a mil revoluciones por segundo.

Aquel elixir de la juventud afrodisiaco hizo su efecto proporcionándome unas ganas en primer lugar y unas sensaciones deliciosísimas  después que ahora mismo no puedo dejar de recordarlas, inolvidables como son, reviviendo las reminiscencias de un pasado que se resiste a pasar, que se resiste a ser historia.