Karl, estudiante alemán, y yo nos conocimos en un curso de verano de la universidad, participando ambos en un seminario sobre ateismo. Políticamente éramos bastante afines y nos situábamos en el anarquismo libertario. Compartíamos, además, algunas aficiones, como la montaña y el senderismo.
Quedamos para salir un fin de semana al campo en bicicleta. No sabía si Karl entendía o no. Unas veces me parecía que sí y otras que no. Pero mi intuición me dijo cuando preparé la mochila que metiera un par de preservativos, por si acaso, porque nunca se sabe lo que puede pasar en estos casos. Probablemente no los necesitaría, pensé, pero ¿quién sabe? ¿Quién me dice a mí que no voy a conocer al amor de mi vida en esa excursión?
No conocí el amor de mi vida, pero sí que comprobé que Karl, aparte de ser bastante inteligente y culto, cosa que ya sabía, entendía (y mucho), como pude corroborar después. Yo me había puesto unas mallas ajustadas de ciclista, sin nada debajo, y Karl no me quitaba el ojo de encima.
Cuando le dije, medio en broma, medio en serio, que yo era algo maricón, y que además me gustaba más recibir que dar, se le alegró la cara y le brillaron los ojos con una intensidad especial. Desde un primer momento, se había creído que el que no entendía era yo, y no se había hecho muchas ilusiones conmigo, lo que son las cosas, es decir, los malentendidos.
Enseguida nos tumbamos sobre la toalla que él extendió, él debajo, boca arriba, y yo encima clavándome su largo pene germánico. Me acariciaba sin parar los muslos y las caderas. Tenía un cuerpazo impresionante, trabajado en el gimnasio, atlético y fibroso, pues era de los que cultivan la mente leyendo y estudiando sin descuidar el ejercicio corporal.
Gastamos los dos condones. Y, como no hay dos sin tres, echamos un tercer polvo sin preservativo. Fue el mejor de los tres, sin parangón: una gloria bendita. El primero había sido muy rápido, muy urgente: un quickly o quiqui, como decimos en castellano españolizando el adjetivo inglés. Tanto él como yo nos corrimos enseguida. El segundo fue más relajado. Yo me puse a cuatro patas y me la endilgó arrodillado por detrás. Yo estaba más dilatado y aguanté casi media hora con el rabo de Karl en mi intestino, clavándomelo hasta atrás. Pero el tercero fue el mejor, indiscutiblemente. Los dos estábamos muy a gusto, nada tensos: y creo que, aunque perdimos la noción del tiempo, tuve a Karl una hora larga adentro follándome a pelo, cara a cara, con mis piernas sobre sus hombros, follándome inteligentemente, mientras discutíamos asuntos de política internacional, sobre todo la hipocresía de los gobiernos occidentales que, orquestados por Estados Unidos y su principal aliado el estado de Israel, participan en guerras como la de Iraq, Afganistán o el Líbano denominándolas en el colmo de la desfachatez “misiones humanitarias de paz”.
Era yo el jinete sodomizado, quien le cabalgaba a Karl, galopando sobre él unas veces al paso, otras al trote, y al final al galope. No hace falta decir que cuando volvimos yo no podía pedalear de las agujetas que tenía. Estaba jodido, aunque, por paradójico que parezca, muy contento: jodido pero, por eso mismo, contento, en el sentido de bien follado durante tres veces (no una ni dos, sino tres).
oOo
Dos pajas mentales
Saber olvidar: más es dicha que arte. Dice Gracián que las cosas que son más para olvidadas son las más acordadas. Es verdad. La villanía de la memoria consiste en que nos falla cuando más es menester que esté presente, y nos viene y está de sobra cuando menos convenía que viniera. Los malos recuerdos son prolijos y obstinados, y la memoria de los buenos recuerdos, los que dan gusto, es liviana. Consiste a veces el remedio del mal en olvidar el mal, pero olvidamos –qué paradoja- el remedio.
oOo
“Así son siempre las cosas: o las tienes o las gozas”. Son incompatibles, en contra de lo que creemos habitualmente y nos inculcan, tener y gozar, el usufrutco o disfrute de las cosas y su posesión, que es lo que nos da el dinero, porque sin dinero no hay posesión pero identidad tampoco. Para algunos, en el colmo del enrevesamiento, el único goce que hay es la posesión, el dinero. Pero el dinero no nos da más que la posesión, la propiedad de las cosas, no su disfrute, que es el sursum corda o arriba los corazones, es decir, lo que nos la levanta y pone tiesa. Decir de alguien que no disfruta de lo que tiene no es hacerle ningún reproche o crítica, sino reconocer lo que habitualmente nos pasa a todos: no podemos disfrutar de lo que poseemos, precisamente por el esfuerzo del trabajo que supone tenerlo, porque la propiedad y el disfrute están íntimamente reñidos.




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