
Mis brazos, en tu cuerpo, para que no te escapes
igual que un sueño: y una mano en tus verijas
y la otra en tu corazón, clavados mis pezones
como puntas en tu espalda. Tú eres libre y no
te tengo prisionero entre mis brazos: vuelas
a mi alrededor en la más completa libertad
sin compromiso: libremente, con mente libre.
Vivimos en un mundo, hermano mío, donde reina desde los tiempos inmemoriales en los que ni tú ni yo todavía habíamos nacido la dinastía del sufrimiento, la vieja monarquía constitucional, y lo llaman Estado del Bienestar y de Derecho para que la evidencia del dolor pase desapercibida.
Un ansiolítico sirve a ese fin –Lorazepán se llama, monopolio de uno de los grandes laboratorios farmacéuticos–, el psicofármaco más vendido en España, por encima de la vulgar aspirina o los analgésicos. Sin ansiolíticos como él o sin antidepresivos no podríamos dormir, levantarnos y soportarnos los unos a los otros. No podríamos aguantar lo inaguantable.
Si eres un niño problemático en el colegio, o un ama de casa en el agridulce hogar con dolores sempiternos de cabeza que el médico no sabe a qué se deben, o un trabajador que duerme poco y abusa del alcohol, no temas, amigo mío, toma psicofármacos piensa que el problema lo tienes tú, está en ti, y no que arraiga donde de verdad radica, que es en la escuela, la familia o en la fábrica u oficina respectivamente.
Mi silencio y mis susurros son como la brisa
del céfiro en tus oídos. Mis testículos
se cobijan al calor y amor de tus riñones.
Mundo de locos, dominado por los especialistas “psi” (psicólogos y psiquiatras, profesionales a sueldo, malditos sean los usurpadores del diván de Freud), que son los más locos de todos porque son los que nos vuelven locos. No sabemos quiénes están más locos, si ellos o nosotros, amor mío, que no sabemos criar y educar a los cachorros humanos, que no valemos ni para dar ni para tomar por el culo, incapaces de aguantar el tormento del trabajo asalariado y de envejecer con dignidad, como el buen vino o los viejos amigos: por eso necesitamos profesionales “psi”: psicopedagogos, sexólogos, psicólogos para poder sobrellevar el duelo por la falta de alguien cuando nos deje o se nos muera, neuropsiquiatras contra el mobbing y gerontopsicólogos para que nos enseñen a envejecer.
Por eso nos recetan técnicas “psi” o una pastillas con una dudosa o, por el contrario, excesiva eficacia, pues pueden ser tan poderosas que permiten tolerar situaciones intolerables anestesiándonos y adormeciendo los sentimientos que tratarían de cambiarlas contra el Poder que nos hace impotentes.
Mis labios, en tu boca, interminablemente
siguen el latido de tu corazón que bate
acompasado y liban tu saliva, más
dulce y sabrosa que la miel. Estoy contigo,
incluso en los momentos de soledad. Me gusta
sentirte ajeno y mío, poseerte siendo
como eres libre. Juntos nos olvidamos siempre
uno en el otro, abandonándonos con toda
confianza, echando a un lado preocupaciones
y problemas, sin ocultarnos nada, entregados ambos
a la ternura: tú y tu sombra, yo: nosotros.
Tanto los psicólogos con sus palabras como los psiquiatras con sus pastillas nos “ayudan” a tolerar mejor el dolor vital, la angustia existencial. Ambos nos ofrecen remedios paliativos: pretenden calmar nuestro dolor, fruto de nuestra profunda insatisfacción, sin luchar contra el foco que lo produce.
Todos los profesionales “psi” limitan sus soluciones al egoísmo de la salvación individual, al sálvese quien pueda. Te aconsejan que te recluyas en el marco personal de la intimidad de tu vida privada, son especialistas en ti, como los grandes almacenes. Te aconsejan que te aferres al carpe diem cotidiano, encerrándote en el individualismo más cerril. A ningún paciente, y pacientes somos todos porque tenemos más paciencia que el santo Job, le han aconsejado la lucha armada, es decir, la acción directa, el combate solidario contra el sistema para que habite entre nosotros el ángel libertario y destructor de los muros de los manicomios, de las cárceles, de las escuelas, de las fábricas o de los cuarteles, instituciones que limitan la vida, convirtiéndola en existencia, y sobre todas ellas de la Sagrada Familia.
La primera persona del plural (es decir, nosotros) es la única receta capaz de curarnos del individualismo que termina en una especie de narcisismo egotista y ególatra en la que cualquier contrariedad puede provocarnos una depresión que acaba en la consulta del psiquiatra o especialista en salud mental de la seguridad social. Pero ni tú ni yo solos, nosotros juntos para diluir la tragedia en la catarsis colectiva. Y una ternura a raudales entre nosotros a prueba de bombas, amor mío, mi amor, mi imposible y verdadero amor.
oOo
Sabía que eras tú (mobbing)
Cuando sonó el teléfono, sabía que eras tú. Cuando oí tu voz, sentí un sobresalto en el corazón, que comenzó a acelerar su ritmo en mi pecho. Al hablar, me venían en tropel las palabras. Me aceleraba. Estaba nervioso. Sólo quería quedar contigo, verte lo antes posible: comprobar que eras real, de carne y hueso, y no una fantasía como en todos mis ensueños.
Cuando llegué a tu casa, me invitaste a pasar. Te sorprendió mi cambio de imagen: me había cortado el pelo. Me ofreciste una copa con una sonrisa de extremada amabilidad, que yo no rechacé.
Me hablaste del infierno que estabas viviendo en el trabajo. Te desahogaste conmigo.
-Mobbing, lo llaman ahora en la lengua del Imperio. Si tienes un problema de acoso, vete al psicólogo no al sindicato. Si vas al sindicato no vas a conseguir nada. Allí van a decirte, como me dijeron a mí, que el problema lo tenía yo como pieza individual dentro del complejo engranaje del que formo parte, porque era muy sensible.
Yo me sentía a gusto contigo. Estábamos solos. Bebimos sorbo a sorbo la copa de vino que nos desinhibía, soltaba la lengua y relajaba. Tu aspecto físico era inmejorable, aunque estabas pasando un mal momento laboral. Llevabas una camiseta de manga corta de color negro y unos tejanos no muy apretados. Recién salido de la ducha y afeitado, estabas como un pan, para comerte.
-A mí me mandaron al psicólogo –añadiste. -Y el psicólogo me escuchó como un amigo –esa es su terapia- y me consoló desahogarme con él la primera vez. Pero la segunda vez, como no podía hacer más, me mandó al psiquiatra para que me recetara píldoras ansiolíticas y/o antidepresivas. El fallo, quieren darte a entender todos, no está en el puto sistema que genera el mobbing, sino en el individuo personal que eres tú, en ti que eres demasiado corazón.
Después de acabar la copa, insististe, cambiando de conversación, en enseñarme la casa que habías alquilado. Subimos a tu habitación, y allí no pude fingir más. Te besé en la boca. Nos dejamos caer sobre la cama matrimonial. Seguimos besándonos y quitándonos la camiseta.
-¿No será verdad lo que dice la camiseta, no? -En tu camiseta ponía: “No necesito sexo. El gobierno ya me jode a diario.”
-Lo del gobierno es verdad, lo de que yo no necesito sexo es mentira. Pero no es sólo el gobierno lo que me jode a diario, en el peor sentido de la palabra, que es en el de fastidiarme y hastiarme, sino la realidad, el mundo, el sistema, el orden establecido... Creo que va a venirme muy bien un poco de sexo en el buen sentido de la palabra -bromeaste.
Llevabas unos boxers de color verde aceituna. Te los quité sin contemplaciones... Te empujé sobre la cama y, sin que mediaran más palabras que la urgencia del deseo, volví a besarte en la boca. Supe que todo iba bien cuando sentí tus dedos deslizarse en donde mi espalda pierde su nombre, insinuándose entre mis nalgas.
Pronto estábamos los dos completamente desnudos. Yo/tú tumbado boca arriba. Tú/yo, de rodillas sobre el lecho, entreabriste mis/tus piernas. Enseguida me penetraste/ te penetré. Me atravesaste/te atravesé. Me inundaste/te inundé. Al final nos tumbamos el uno a los pies del otro, fetichistas que somos, y estuvimos lamiéndonos los dedos de los pies, produciéndonos el cosquilleo de un placer interminable. Creo que olvidé los calzoncillos en tu casa.




0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada