11 de enero de 2012

Sesión de fotos; y Yo amo a mi mamá


Tardaré en olvidar su cuerpo perfecto: delgado, atlético, joven, andrógino. Sus gafas negras de sol. El cigarrillo en sus labios, cuyo humo aspiraba como si le estuviera haciendo una felación... Una de mis fantasías había sido siempre posar desnudo ante un fotógrafo. Le dije que quería unas fotos de estudio de álbum de modelo para enviarlo a una revista electrónica de contenido gay. No se inmutó. Era un profesional. O eso quería darme a entender.

-OK - me dijo, con su acento inglés, como si fuera lo más normal del mundo. - ¿Empezamos ahora mismo? ¿Quieres posar ahora?

Me fui desnudando con la picardía de quien está haciendo una sesión de striptease. Él apenas me prestaba atención. Colocaba focos, preparaba cámaras. La primera foto que me tomó es esta que les mando a los lectores de esta página web. (Pueden verme en blanco y negro, para resaltar más mis luces y mis sombras, me dijo, de espaldas, mirándome al espejo donde se refleja mi rostro –ya sé que no soy muy guapo-, dorso y trasero desnudos... Deseo que les guste y me sentiría muy halagado si su contemplación les produjera algún efecto, como yo deseaba en mi fuero interno que le provocara a mi fotógrafo inglés).

Yo posaba con el culo al aire para él, ocultando como podía mi erección: estaba empalmadísimo.  Desde pequeño me ha gustado el arte de la seducción, jugar a la ambigüedad y, celebrando la ceremonia de la confusión, provocar una erección problemática o difícil de ocultar en alguien que en principio no se ha sentido nunca atraído por sus congéneres masculinos, como podía ser el caso de mi fotógrafo. Me gusta demostrarles a los presuntos heterosexuales que no lo son tanto como pretenden, que, llegada la ocasión y el momento adecuados, pueden sucumbir a la tentación homoerótica de un efebo y dejarse llevar a los jardines de Sodoma y Gomorra.

Fue lo que me sucedió cuando sólo era un niño que todavía no había hecho la primera comunión, con mi tío marinero. Él despertó en mí unos deseos hasta entonces desconocidos, acariciándome y sobándome y frotándose contra mí en la oscuridad e impunidad de la noche, pero yo lo obligué insinuándome desnudo ante él con la luz encendida, sin tapujos,  a hacer algo que no tenía todavía nombre para mí. Me  acosté a su lado y arrimé la espalda y las carnes donde la espalda pierde su digno nombre  al bulto apretado  e impúdico de su calzoncillo del que se desprendió enseguida –la audacia de mi gesto había provocado una erección tan fuerte que debía constreñirle y aun dolerle a juzgar por lo poco que tardó en liberar el largo y grueso falo arrecho de su cautividad. Él, animado por mi osadía, no tuvo empacho en llegar hasta el final,y  en dar el último paso a cuya audacia no se habría atrevido nunca sin mi colaboración,  penetrando en mí y eyaculando en mi interior.

Me gusta jugar con fuego. Sé el riesgo que corro desnudándome ante un desconocido y provocando en él una erección que no tiene más remedio in crescendo que la eyaculación motivada por una felación, una masturbación o una penetración. No me asusta quemarme. Es lo que busco. Era lo que buscaba.

Cuando se quitó las gafas para tomarme la segunda fotografía, pude ver sus ojos claros, azules como el mar y me quedé enamorado de ellos. Disparó un montón de instantáneas. Cambió los focos. Me hizo cambiar de postura varias veces. Quería captar la naturalidad, evitar las poses, no sé qué me dijo del ritmo propio de mi cuerpo.
Enseguida noté que él tampoco era de piedra, que se le marcaba ligeramente al principio, considerablemente después, el paquete en los piratas vaqueros ceñidos que portaba hasta un poco más abajo de la rodilla.


Seguía fumando con una ansiedad que me decía que iba a chupármela, como así fue, en efecto. Al final de la sesión, ninguno de los dos podíamos disimular la erección, ni yo, que estaba desnudo, ni él, que no tardó en estarlo. Yo había encontrado lo que buscaba. Le apretaban los tejanos tanto que me miró a los ojos, le sonreí, dejó la cámara sobre el trípode, se los quitó, me la chupó y después me enculó, metiéndome su rubia chorra de cabo a rabo hasta sentir sus huevos pegados a mi culo, con tal calentón que sólo nos acordamos mi fogoso fotógrafo y yo de usar preservativo la primera vez, pero no la segunda, que fue mucho más contundente.

¡Lástima que no haya quedado más fotografía de aquello que este recuerdo, frágil pero inolvidable, que ahora rememoro!



oOo

Yo amo a mi mamá 
 

Mi mamá me ama. Mi mamá me mima. Mi mamá me amamanta. Yo amo y mamo a mi mamá que me amamanta, me mima y me ama. Queda dicho aquí y ahora de una vez para siempre, y aprovechando que no es el día -todavía- infame de la Madre, creado por el Corte Inglés y otras grandes superficies comerciales a fin de mercantilizar la sacrosanta  y abnegada figura de la madre, Virgen María prostituida, madre de Dios y de todo dios.


Yo, como tantos homosexuales y heterosexuales,  amo a mi mamá y tengo un complejo de Edipo no resuelto que hace que ella sea todavía la única mujer que hay en mi vida, el eterno femenino,  porque madre no hay más que una, porque el padre es incierto pero la madre es certísima, y porque el cordón umbilical que me une materialmente a ella aún no se ha cortado y permanece intacto.


Cuando se rompa, si se rompe alguna vez, el dichoso cordón,  yo estaré llamado a ser un donjuán  empedernido -nada más lejos de la realidad que ser yo un Casanova mujeriego, por otra parte- que buscará en todas las mujeres una y no encontrará a esa sustituta ideal que es ninguna para ocupar la casilla vacía de mamá, convirtiéndome en el marido de todas las mujeres como dicen que decían de Julio César sus soldados en son de befa, o estaré abocado también, por el contrario, a convertirme como decían del divino Julio en la mujer  de todos los maridos, y ocupar yo ese puesto vacante, y ser la mujer ideal que no encuentro en la vida, encarnando en  mi paradójico cuerpo masculino contra toda evidencia fisiológica la feminidad absoluta, por lo que me sentiré transexual, como una mujer apresada en una cárcel  varonil que se ofrece a todos los amantes que me quieran a mí sodomizar.


Pero yo, que no me he desmadrado todavía, ajeno a ambos extremos o resoluciones del complejo freudiano, aún no resuelto en mí  a pesar de mi provecta edad,  deseo vivamente el incesto aquí y ahora, y como sé que está prohibido por los códigos morales y religiosos de esta sociedad que yo he interiorizado con la leche que mamé, me cago en ella, maldita sea, me rebelo contra todo y contra todos, y sólo anhelo penetrar de nuevo en el claustro materno, sumergirme en el líquido amniótico primigenio,  dejar de ser el que soy y lo que soy,  y naufragar en el útero definitivo de la muerte.


Madre mía, te quiero como sólo puede quererse a una madre,  porque madre igual que muerte, sólo hay una, la propia de uno, la mía y sólo mía:  madre mía, vida mía, muerte mía.
















1 comentarios:

Francesc dijo...

Tienes toda la razón. ¿Pero es que se llega a romper alguna vez el cordón madre-hijo? Supongo que llega a traspasar incuso el lazo de la muerte y mientras vivimos tenemos con nosotros al fantasma de la madre a nuestro lado.