24 de enero de 2012

Remedio sencillo contra la impotencia; y Pajas varias



He encontrado esta mañana en mi buzón
de correo electrónico varios anuncios
publicitarios de Viagra contra la impotencia
(además de alguno de incremento del tamaño
del órgano sexual que cuelga entre las piernas,
como si tuviera relación con el placer
la dimensión del miembro): cantos de sirena
para atraer a los incautos navegantes
hacia las islas del consumo, y engañarlos
con sus reclamos, que he borrado por completo
y eliminado porque son mentira, todo
bazofia pura: sólo necesito yo
pensar un poco en ti, y así, sin más, a mí
se me levanta y pone tiesa sin querer,
como por arte de magia y de un encantamiento,
sin necesidad de cirugía ni de Viagra.

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Pajas varias


Repatingado en una poltrona delante del monitor de la computadora u ordenador,  con mucha pachorra, me hago parsimoniosamente las siguientes pajas:

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-¿Qué podemos hacer, maestro, con quienes perpetraron los horrores de la guerra? ¿No vamos a juzgarlos por sus horrendos crímenes de lesa humanidad?

-¿Quién va a juzgarlos? .- Dicen que les preguntó a sus discípulos. -¿Quién va a castigarlos en el caso de hallarlos culpables, que lo son? ¿No es el juez tan reo como el acusado? Que el que esté libre de entre vosotros de responsabilidad –versión laica del pecado y la culpa- arroje la primera piedra en la lapidación.

-¿Debemos callar entonces, maestro?

-¿Pensáis acaso que vociferando las crueldades de la guerra podéis pasar por alto los crímenes de esta paz? ¿Acaso pensáis que denunciando los crímenes de la oprobiosa dictadura podéis silenciar los de esta no menos oprobiosa democracia del régimen que padecemos ahora?


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Si Kurt Cobain volviera a nacer, volvería a suicidarse tal como hizo,  y volvería a afirmar en su carta de despedida al mundo que no se puede comprar la felicidad, la única cosa que verdaderamente importa y la sola que no puede adquirirse en el mercado porque se han agotado sus existencias ni siquiera con todo el oro que cagó el moro.


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Riamos, riamos y pensemos de dónde procede y a dónde va nuestra risa incontrolable y contagiosa. Hablamos de la risa de verdad, de la que sale de lo hondo del alma, la que se contagia. El humor desenfadado no es inofensivo. Antes bien, suele ser un hachazo a lo políticamente correcto. La risa es liberadora, pone en tela de juicio todos los valores compartidos y asumidos, todas las certezas y convicciones,  y lo hace sin moral ni ética ni propuesta alternativa que valga. El verdadero humor es como la crítica destructiva: derriba, no construye ni propone nada. El auténtico humor desestabiliza la seriedad reinante, reduciéndola a escombros y a cenizas, pulverizándola. En el fondo, choca y molesta de verdad porque no es edificante. Baja a todo el mundo del ridículo pedestal y no contiene moralina.


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Titular de prensa: “Expertos  vinculan el fracaso escolar en España al alto consumo de cannabis”. Más abajo se “explica” que los expertos atribuyen al consumo de estas sustancias el alto nivel de fracaso escolar existente en España y también el incremento de las patologías psiquiátricas entre los adolescentes, especialmente la esquizofrenia. Asistimos a la demonización de una sustancia ya de por sí prohibida al estar fuera de la ley. Ante noticias como esta, cabe pensar que los supuestos expertos hicieron esas declaraciones bajo la influencia de unos cuantos porros cannábicos que se habían hartado a fumar.


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¿Por qué la taza –dijo Diógenes al ir a beber agua a la fuente-, cuando hay mano con que beber? Y bebió, después de arrojar la taza, el agua fresca de la fuente en el cuenco de la palma de su mano, que le supo a gloria bendita, a lo que sabe el agua precisamente porque no sabe a nada. ¿Por qué la mano –decimos nosotros al ir a beber agua a la fuente-, donde hay boca con que beber? Y metemos la cabeza en la fuente. Y bebemos la fuente, igual que Narciso que se ahogó en ella víctima de su propia sed.


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Cierto que para sodomizar (o lo que es lo mismo, practicar el coito anal insertivo, vulgo dar literalmente por el culo)  a alguien no hace falta verle la cara según la postura que se adopte, pero si se la vemos podemos colegir que los mozos hermosos suelen ser diablos y demonios con rostros de mancebos, y los feos, mancebos con caras de demonios y de diablos.


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Después de haberse enseñoreado Alejandro de este mundo, suspiraba por los imaginarios que le oyó quimerear a un filósofo, su maestro Aristóteles, no por nada, no porque fuera Alejandro o porque fuera especialmente necio,  sino porque el que la sigue la consigue, como dice el refrán, y él había conseguido realizar su sueño. Pero,  recién cobrada la presa,  descubre Alejandro y nos damos cuenta nosotros como él de que ya no era la Dafne que perseguíamos y que nos había enamorado, por lo que nos invade una gran congoja. ¡Oh maldita hacienda, si no la tienes, la deseas porque te falta; si la tienes te da preocupaciones y cuidados, y la aborreces porque te sobra! Alejandro debió de decirse a sí mismo algo como lo que dijo Gracián, que parafraseamos aquí: Al que deseé distante ya lo tengo cercano, y ahora que lo tengo al alcance de la mano, ya lo deseo distante.


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De un soldado en el casco anidó una blanca paloma:

véase qué intimidad entre la guerra y la paz.


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Resonaban por todas aquellas soledades los ecos de un “ay” varonil tras otro sin que nadie supiera a ciencia cierta si eran suspiros placenteros de gozo o quejas dolorosas de lamento, si ambas cosas a la vez o si ninguna de las dos. Nadie podría tampoco asegurar que un “ay” fuera igual que el precedente o que el siguiente. Sin embargo era la misma voz: una voz de un mozo, quizá en la flor de la efebía, que se quebraba de vez en cuando profiriendo algún gallo infantil, reminiscencia inequívoca de la infancia.


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Lo que veo me enceguece, lo que oigo me ensordece, lo que sé me hace ser necio e ignoro aquello que sé.


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El futuro no es nuestro, amigos libertarios. El futuro es siempre de ellos, de los que nos lo planifican y nos lo venden, de los que nos lo diseñan. Lo único que nos queda a nosotros es precisamente rebelarnos contra ese futuro que nos quieren imponer como si estuviera escrito. No hagamos planes para el futuro: no hagamos planes. Lo único y no poco que nos queda es esto, aquí y ahora,  ahora o nunca. ¡Pásalo!


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¡Que se callen todos! Que el silencio acalle las lenguas de las palabras infinitas de los charlatanes, los políticos y los intelectuales del Régimen, que no dicen nada nuevo, que no hacen sino repetir las mismas cosas erre que erre.


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“La propiedad es el robo”, sentenció Proudhon,  el anarquista,  de una vez por todas. La propiedad privada es una abstracción, y como tal una mentira que necesita imperiosamente para sostenerse y hacerse valer la legislación y la fuerza represiva, que son las armas que le brinda el Estado, garante de la propiedad privada, es decir, de la desigualdad social que a mí me concede algo a costar de privar a los demás de su disfrute: de ahí el nombre de propiedad privada. 


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No soltera, sino solterona se quedó la tía Hortensia esperando al Príncipe Azul, compuesta y sin novio, sentada en el banco de la sala de espera del parque. La diferencia entre soltera y solterona es muy sencilla: soltera es la persona que no está casada, sin más, mientras que solterona es la persona que tiene vocación de casada, porque quisiera estar casada y no lo está, que siente que su vida no tiene sentido sin la sujeción del yugo del matrimonio, pero no encuentra pareja con quien casarse porque el hombre ideal no existe y porque  si ponemos el carro del matrimonio por delante de los bueyes la cosa no va, el carro no anda. Mi tía Hortensia me recuerda a mi amigo R. que quiere publicar un libro de poesía. Es la ilusión de toda su vida, pero todavía no ha escrito ni un solo poema de ese libro que quiere publicar.





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Contra los ateos: Una prueba gráfica irrefutable de la existencia de Dios: "¡Ves cómo sí existe un ser superior que está por encima de nosotros!"