17 de enero de 2012

Para bañarse no hace falta traje de baño; y Más allá del bien y del mal




Nos habíamos conocido en el instituto, cursando bachillerato. Éramos compañeros de clase. Compartíamos, además, otras afinidades, como el gusto por la montaña y el senderismo. Recuerdo que habíamos quedado para subir a unos pozos que había en la cumbre de un monte. Un día caluroso de verano. En dos horas y media llegamos a la cima. Íbamos charlando animadamente, un poco de todo, sobre todo cosas de clase, de los profesores, los compañeros, los exámenes, las chicas... Cuando llegamos arriba, contemplamos, sudorosos, los dos lagos.


- ¡Qué maravilla! ¡Cuánto me apetecía un baño ahora mismo! -Exclamé- Hace tanto calor...

- ¿Qué problema hay? -Preguntaste tú.

- No he traído bañador...

- Estamos solos, tío, y para bañarse, que yo sepa, no hace falta ningún traje de baño... -Argumentaste.

- Tienes razón. -Dije yo, avergonzándome un poco al verme obligado a desnudarme ante ti. Por lo que añadí- ¿Nos bañamos? -Me daba la sensación de haberte hecho una proposición deshonesta.

- ¡Hecho! ¡Venga! -Respondiste tú aceptando mi invitación con un brillo significativo en los ojos y quitándote la camiseta de tirantes que llevabas.


Nos desnudamos en un momento. Los dos nos miramos. Era como si nos estuviéramos viendo en un espejo, sólo que tú eras incomparablemente bellísimo, mucho más que yo. Nos reconocimos el uno al otro, nos tocamos para animarnos, nos empujamos y nos lanzamos al agua.



Era la primera vez que me bañaba desnudo en la naturaleza. Era la gloria, una auténtica gozada sentir el agua, el aire y el sol en la piel, sin ningún impedimento.



Al salir del lago, fui a agacharme para recoger mi ropa y, sin querer, sentí la punta involuntaria de tu pene entre mis nalgas. No fue más que un roce sin querer, totalmente inocente. Te disculpaste pidiéndome perdón enseguida no sabiendo donde meterte.


-No es nada, no te preocupes. -Dije yo. Sin embargo, sí fue algo, y mucho, muchísimo lo que sentí: una descarga eléctrica fulminante, como si en ese instante me hubiera tocado una varita mágica -metáfora  de tu falo desnudo y no enfundado en un preservativo- y me hubiera convertido en un príncipe encantado: pocas veces en mi vida, aunque parezca mentira, he tenido un orgasmo tan  intenso.






oOo

Más allá del bien y del mal





En busca vas de nuevas sensaciones, quieres,
  porque eres joven, infinitamente joven,
romper los límites que impone la moral,
-¡maldita sea la moral que nos constriñe!-,
cristiana, absurda, represiva,  sofocante
  y burguesa. Quieres, más allá del bien y el mal,
probarlo todo, sin tabúes. Vas en pos
de nuevas experiencias que te recompensen,
que te lleven  más allá de los convencionalismos
ridículos que impone nuestra sociedad;
encontrarás así el dolor placentero a veces
y el placer a veces doloroso; así es la vida,
una lección de ternura y sadomasoquismo.