Un gallego de Pontevedra encargó un alargador de pene a través de Internet, y la sorpresa fue mayúscula, no pudo ser mayor, cuando recibió lo que recibió: una lupa.
El internauta hizo el pedido unos días antes de la mágica noche de Reyes. Era el regalo que quería hacerse a sí mismo y se lo pedía a los Reyes Magos. El mismo día 6 de enero el paquete llegó a su domicilio, pero como algo más propio del día de los Santos Inocentes. La ilusión acumulada en unas fechas tan especiales se le esfumó a nuestro hombre en cuanto abrió el paquete en el que esperaba encontrar un alargador del tamaño de su miembro viril, que es lo que les había pedido a los Reyes Magos, y dio con un objeto que en lugar de ayudarle a superar su complejo, iba a agravárselo notablemente.
Indignado al recibirlo, nuestro gallego, que no podía quitarse de la cabeza la convicción de que se habían reído de él miserablemente así como que aquello era una broma de pésimo gusto, fue derecho, ni corto ni perezoso, a la comisaría provincial de la policía con el objetivo y firme propósito de denunciar el timo, temiendo ser presa de una estafa informática.
Una vez allí, no presentó finalmente ninguna denuncia. La denuncia no resultaba del todo consistente ni era viable teniendo en cuenta, tal y como le señaló un funcionario socarrón de la comisaría, que una lupa también alargaba el pene, por lo que en lo que a efectos se refiere, sin detallarlos específicamente, con la lupa también se conseguían los resultados que él pretendía, por lo que no se podía decir que hubiera sido objeto de un fraude como él denunciaba ni de un engaño: con una lupa, en efecto, se agranda un pene, y sin recurrir a la cirugía ni a implantes de silicona.
oOo
Cuatro vergas arrechas
Quisiera ser el objeto del deseo de esas
arrechas, bellas, juveniles y perfectas,
lujuriosas vergas; que me follaran bien follado
en todas las posiciones y orificios míos
en infinitas múltiples combinaciones
matemáticas. No me refiero solamente
a boca o culo, felación y coito anal,
sino a los poros todos de mi piel abiertos
como coños húmedos. Quisiera yo sentir
la presión, sabor, olor, textura de las cuatro
arrechas, bellas, juveniles y perfectas,
igual que cuatro largos, gruesos cirios que arden,
lujuriosas vergas; que me atravesaran como
si fueran flechas disparadas contra mí,
desnudo y mártir cual divino Sebastián,
santo patrón de los bujarrones; deseo yo
que me taladren y perforen, que eyaculen,
metiéndose en mis tuétanos y en mis entretelas,
las cuatro méntulas al unísono en mi cuerpo
desnudo ahora mismo, y empaparme así
bajo la lluvia y aguacero torrencial
de la leche derramada de esas cuatro vergas
arrechas, bellas, juveniles y perfectas,
que son reales e ideales como un sueño.
Primera verga arrecha:
El auténtico seductor, escribe Marguerite Yourcenar, no es Alcibíades sino Sócrates. Alcibíades, como se sabe, era un joven efebo aristócrata ateniense, bellísimo al parecer, mientras que Sócrates era un viejo, caduco pederasta en el sentido más noble de la palabra, al que le gustaba rodearse de los jóvenes por lo que ellos tienen de rebeldía contra el futuro, y si había algo en él que sonaba a canto de las sirenas era el reconocimiento de su ignorancia, su sólo sé que no sé nada. Por eso Sócrates es el auténtico corruptor de la juventud, decimos nosotros, en el sentido más profundo y no sólo sexual de la palabra, porque parafraseando a la divina Marguerite, el órgano sexual más erótico no es el cuerpo, la verga –Alcibíades- sino el alma, la cabeza que anima a ese cuerpo –Sócrates.
Segunda verga arrecha:
¡Cuarenta años, doblando la edad de la letra del tango, no es nada! En la vida de todo hombre hay un momento en el que uno mira hacia atrás y uno ya no reconoce nada ni a nadie. Ni siquiera a sí mismo. Se ha hecho viejo. Cualquier cosa nos hace volver la cabeza y pone frente a los ojos del recuerdo al extraño aquel que llevó nuestro nombre y ya no somos, nuestro antepasado, si sólo hemos tenido uno y no varios. La memoria nos engaña porque no habla de nosotros, que la evocamos; habla del que ya no existe, de lps que fuimos y hemos dejado de ser; del mundo que fue suyo, y que ya no existe, reducido a cenizas que esparce el viento. Y el pronombre de primera persona, «yo», nos engaña cuando conjugamos el verbo “recordar”. No, no hay pasado más que en esta mentira del ahora que lo inventa al narrarlo. No hay nada que recordar. Ni nadie que recuerde.
Tercera verga arrecha:
Hay una íntima relación entre la pasión erótica y el instinto tanático de muerte. Es lo que nos enseñan las femmes fatales como Judith y Salomé, que acabaron con su pareja masculina, pero también el jeune homme fatal David que, después de derribarlo con una honda, le arrebató su espada y con ella misma le cortó la cabeza, fetiche erótico, al gigantesco Goliath. Podemos imaginarnos a un san Antonio tentado no por mujeres exactamente, sino por espíritus súcubos como San Sebastián, ícono del cuerpo masculino voluptuoso que goza con el sufrimiento, como Michael Jackson en esta impagable imagen. Sirva este lugar como pequeño homenaje al rey del mariconerío y la pederastia pop. Quisiéramos besar su cuerpo con un beso que oculta el vampirismo y aun canibalismo de un amante que desea devorar al otro. Estamos hablando del encanto erótico de la muerte, de devorar vivo a Endimión, el bello efebo lánguido y agonizante dormido a la luz del rayo de luna, y la Luna, inalcanzable y lejana, como siempre, a pesar de que el Hombre, según dicen, pusiera su pie en ella para hollarla y mancillarla.
Y cuarta y última verga arrecha:
El siglo XX, bárbaro y brutal, ha sido testigo de un cambio espectacular: la imagen ha avasallado las sociedades humanas, la imagen se ha apoderado del lenguaje humano, supeditando el texto escrito o literario y el sonido de la voz y la música, que están a su servicio, creando una verdadera “realidad virtual imaginaria”. Hemos pasado del culto a las imágenes exclusivamente sagradas, a la sacralización o consagración de todas las imágenes. Somos esclavos de las imágenes, a las que rendimos un culto divino: iconodulía. La imagen se ha convertido en el elemento determinante de los medios de comunicación y formación de masas de individuos, sustituyendo a la voz. Ello ha servido tanto para impulsar la expansión del mercado, como para garantizar la gobernabilidad de las distintas sociedades democráticas, las dictaduras más perfectas que hay.




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