
¿Quién iba a mí a decírmelo, que a mis cincuenta
y pocos años me enamoraría yo
como un chiquillo, igual que un tonto colegial,
adolescente incauto? ¿Cómo no lo he visto
asomando la cabeza al monstruo del amor,
al ciego dios Cupido, el niño hideputa
que mueve el mundo y hace que nos encaprichemos
los unos de otros -y a mí de un jovencísimo
imberbe aún, de prietas nalgas y verga dura,
un Ganimedes que ha recién descapullado,
un ángel cuya edad triplico yo con creces-,
clavándonos sus flechas que nos hieren para
que de veras nunca nos queramos por su culpa.
por culpa del maldito amor, maldita sea
su propia estampa? Cómo pude sucumbir
en esta trampa y estas redes otra vez,
un hombre hecho ya y derecho, como Dios
ordena y manda, un adulto respetable,
si bien, es cierto, que uno de los que caminan
por la otra acera dando tumbos, maricón
empedernido hasta la médula de los huesos,
con la que tengo yo experiencia de la vida
acumulada de amoríos y desengaños,
a mi edad, mis cincuenta y pocos años, Dios,
sin darme cuenta? ¿Cómo he sido tan idiota?
¿No soy acaso un patético viejo verde,
o sea un viejo que se quiere siempre joven
y no se resigna, por lo tanto, a envejecer?
y pocos años me enamoraría yo
como un chiquillo, igual que un tonto colegial,
adolescente incauto? ¿Cómo no lo he visto
asomando la cabeza al monstruo del amor,
al ciego dios Cupido, el niño hideputa
que mueve el mundo y hace que nos encaprichemos
los unos de otros -y a mí de un jovencísimo
imberbe aún, de prietas nalgas y verga dura,
un Ganimedes que ha recién descapullado,
un ángel cuya edad triplico yo con creces-,
clavándonos sus flechas que nos hieren para
que de veras nunca nos queramos por su culpa.
por culpa del maldito amor, maldita sea
su propia estampa? Cómo pude sucumbir
en esta trampa y estas redes otra vez,
un hombre hecho ya y derecho, como Dios
ordena y manda, un adulto respetable,
si bien, es cierto, que uno de los que caminan
por la otra acera dando tumbos, maricón
empedernido hasta la médula de los huesos,
con la que tengo yo experiencia de la vida
acumulada de amoríos y desengaños,
a mi edad, mis cincuenta y pocos años, Dios,
sin darme cuenta? ¿Cómo he sido tan idiota?
¿No soy acaso un patético viejo verde,
o sea un viejo que se quiere siempre joven
y no se resigna, por lo tanto, a envejecer?
oOo
Católico practicante
Hay un lugar donde no hace falta buscar la felicidad porque se encuentra sin querer a la vuelta de la esquina. No hace falta tampoco dar un sentido a una vida que carece de él porque no necesita ninguno. Hay un lugar donde la gente posee la piedra filosofal de la sabiduría sin ser consciente de ello, una sabiduría que enseña que no sabemos nada, y que hemos olvidado lo que más importa, que es vivir, vivir haciéndole la higa o, si se prefiere, un buen corte de mangas al futuro que quieren vendernos, por el que dicen que se afanan los gobiernos y por cuyas molestias non piden siempre disculpas.
Llegué al pueblo a recordar vivencias de mi niñez, reminiscencias de mi propia y lejana infancia. Oí un griterío, me llamó la atención el bullicio y me acerqué enseguida a la plaza, donde se erguía el palo ensebado o cucaña: un largo tronco enjabonado o untado de sebo o manteca de cerdo, si no era grasa de motor, y por lo tanto resbaladizo, para que se haga difícil o casi imposible trepar por él, mástil en cuyo extremo superior aguarda algún premio a quien lo alcance el primero… Allí había unos cuantos chicos, todos en sus floridas 17 o 18 primaveras, la cuadrilla de los mozos del pueblo, que iban a competir tratando de subir aferrados a ese largo símbolo fálico, poste viril tieso que se alza hacia lo alto, muchachos que rivalizan no tanto por la recompensa del premio, puras baratijas, sino por el mero gusto de demostrar la gallardía de su fuerza, su juvenil valía y energía varonil.
Unos forman la base para que otros, más ligeros, suban sobre sus hombros y se encaramen por el palo arriba hacia la gloria. Algunos casi lograban llegar a lo más alto. En eso, hizo su aparición estelar un mozo radiante, moreno, delgado, muy joven y rápido. Se desgarró la camiseta, y a mí casi no me da un infarto, hasta tal punto me ahogaba con mi propio aliento. ¡Dios mío, un cuerpo perfecto como sólo puede tenerse a esa edad, embadurnado de grasa, sudoroso del mucho esfuerzo, tenso en su torso perfecto, en sus ágiles piernas y brazos, con su mirada de águila calculando la manera de ascender y triunfar! ¡Dios, Dios, Dios! No pude decir más, sino sucumbir a sus encantos, mientras no dejaba de salivar. Cuando los ojos ven lo que nunca vieron ni imaginaron, el corazón siente lo que nunca sintió y la verga se pone tiesa sin querer como el palo ensebado de la plaza.
Comencé a girar para verlo y tomarle fotos desde todos los ángulos posibles. Cuanto más lo veía, más deseo de poseerlo me entraba.; no voy a decir que más me enamoraba, pero sí que no me cansaba de verlo y de mirarlo. Las ideas se me alborotaban en la sesera deseando salir en tropel eyaculadas. ¿Me acerco a él? ¿Lo abordo hablándole de cualquier cosa? ¿Ahora mismo o más tarde? ¿Le invito a algo? Yo era un mar de ardientes dudas, pura lava volcánica.
La contienda había terminado. Y él había resultado ganador –él, ¿qué otro si no? Había luchado a brazo partido contra la fuerza de la gravedad que nos empuja a caer por nuestro propio peso, y la había vencido. Él era el más fuerte, el gimnasta de sólido y esbelto cuerpo bien formado, proporcionado y entrenado en la mejor edad de la vida tanto para el deporte como para el amor. Había triunfado en su fulminante ascenso. Y yo tenía frente a mí al atleta glorioso, veía cómo le chorreaba el sudor, veía todas esas manchas de grasa impregnadas en la perfección escultural de su pecho, veía cómo tensaba los músculos que se marcaban de sus brazos, y se me caía la baba.
De pronto, no doy crédito a mis ojos, descubro que se descalza para sacarse el polvo y la arena de los pies y, frente a mí, el espectáculo increíble de unos resplandecientes pies pluscuamperfectos, más aún de lo que yo podía imaginarme o soñar siquiera en mis mejores fantasías eróticas fetichistas, porque la realidad supera a veces a la ficción de los deseos. Me hubiera postrado a sus tobillos desnudos rendido a sus pies y se los hubiera besado, lamido. Hubiera perdido el decoro y el respeto lamiéndole y relamiéndole los dedos de los pies con mi saliva allí mismo delante de toda la vecindad.
En eso sonó, fatídica, la campana, llamando a misa a los feligreses, y me dirigí al templo. Dudé si entraba o no a la iglesia, porque noté que él era de los pocos y duros del pueblo que no tenía ninguna intención de hacerlo, pero recordé una cosa: yo, para mi desgracia, era un católico practicante. Así que entré al templo.
Cuando concluyó la ceremonia religiosa, en la que apenas pude dejar de pensar un solo momento en él, salí a la calle no menos excitado de lo que entré en la iglesia, pero mi campeón del palo ensebado, mi cucañista favorito, ya no estaba allí, había desaparecido en la multitud evaporándose.
Cavilé que en un pueblecito tan pequeño un ser tan extraordinario, un bocado tan apetecible y codiciado como él, no podía esfumarse ni pasar desapercibido así como así sin dejar ni rastro. Así que caminé hacia la plaza, que distaba tan sólo unos pocos pasos de la iglesia, y, en efecto, allí estaba él, solo, descamisado, con los pechos al aire y los pezones turgentes, todavía sudoroso, quizá cansado aunque no agotado, porque el agotamiento no existe en un chaval de dieciocho refulgentes años.
Pasé frente a él. Le hice una reverencia caballerosa, el reconocimiento de un hombre maduro a su valía juvenil, un saludo entre morboso e insinuante. Para mi sorpresa me correspondió devolviéndome una sonrisa maliciosa y pícara, y levantó el brazo abriendo la palma de la mano para saludarme mostrando un sobaco velludo y lujurioso como una tupida selva o como el coño lujurioso y exuberante de una hembra en celo, con ese lenguaje secreto y críptico para los profanos que la gente como nosotros, viejos maricones, entendemos a la perfección a la primera.
Hacía tiempo que no descubría un fulgor extraordinario en las pupilas de un muchacho tan bien dotado por la naturaleza. Cerré los ojos y tomé aire para que la fragancia exquisita de las glándulas sudoríparas de la axila, auténticas perlas salvajes de la sobaquera del muchacho -aquel olor inconfundible a chivo en celo o viejo cabrón rijoso, puro almizcle- penetrara acoplándose en mí y me embargara excitándome sobremanera. Sentí en aquel momento lo que yo llamo en mi jerga particular el íntimo escozor, un fruncimiento punzante del ojete del culo que me avisa cuando me he enamorado perdidamente de alguien en cuestión de segundos. Lo sentí y más: lo deseé.
Una segunda señal física confirmó mis sentimientos: un calambre en el escroto o forro de los cojones me ponía sobre aviso encendiendo todas mis alarmas. No me detuve, seguí caminando a paso lento, mientras iba pensando: ¿Qué hace un mozo de dieciocho años como él, cual Narciso o Adonis, sin mácula de feeza, sino de gran galanura, lozano y pulido, con un caduco de cincuenta como yo, entrado ya en la vejecía, que le triplica la edad? ¿Accederá a mis deseos gratuitamente y por amor sin que me cueste un maravedí? ¿Lo invito? ¿Nos vamos a otro pueblo? ¿Alquilo un cuarto en alguna fonda del pueblo? ¿Me lo llevo a casa?
Me giré y lo vi, divino, gallardo, recio, varonil, exultando en su juventud arrogante, lo vi, le vi todo eso y pensé en el cuerpo humano, en su cuerpo soberano y en el mío. El cuerpo humano, según la literatura védica de la antigua India, es denominado “el de las nueve puertas”, por las nueve rendijas u orificios que se abren a la percepción por donde se cuela la realidad, a través de las que entramos en contacto con los objetos sensibles del mundo material: los dos ojos, por donde penetran las imágenes con las que forjamos las ideas; las dos orejas, por donde se insinúan las notas musicales, bendita sea la música, y el silencio, que es parte de ella; las dos fosas nasales de la nariz, por las que inhalamos los olores de los perfumes, que nos llegan, como su nombre indica, disueltos en el aire como el humo; la boca, gracias a cuyas papilas gustativas captamos los sabores de las cosas y nos alimentamos y besamos; el órgano sexual que a mí se me estaba hinchando entre las piernas como verga arrecha de novio adolescente de una manera desmesurada y alarmante; y el ano, a través de los cuales orinamos y defecamos, y percibimos también el absoluto del éxtasis sexual, esa válvula de escape de la realidad, que es esencialmente falsa.
De pronto, sonó otra vez el tañido de la campana del templo, maldita sea. Las campanadas me hicieron reaccionar como un jarro de agua fría sobre las sienes calenturientas. Así pues, se fueron cerrando, una tras otra, las nueve puertas de mi percepción corporal que hasta hace un momento habían estado abiertas de par en par a la belleza. Volví a la cruda realidad del mundo y recordé que, en efecto, para mi desgracia, yo era católico, apostólico y romano practicante.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada