
Nunca te olvidaré. Te vi una vez, sólo una vez, sentado en un alféizar del embarcadero, en el muelle del Puerto del Carmen, en la isla de Lanzarote una noche de luna llena, pero, desde entonces, sigo viéndote siempre, una y otra vez. Ahora mismo, por ejemplo, muchos años después, vuelvo a verte, sonriendo con aquel marinero, viejo lobo de mar, de torso desnudo, tatuado, fornido y musculoso, de prietas nalgas, pelo rapado como un skin y pendiente en la oreja, que flirteaba contigo. Tengo celos de él, te lo confieso. Tengo celos de ti. El viento acariciaba tus cabellos de color ala de cuervo, que tú te apartabas de cuando en cuando de la cara. Llevabas un pantalón corto, que te dejaba lucir unas piernas bellísimas. Me conmovieron tus pies desnudos con una pulsera en el tobillo. Recuerdo tus largas y bellas extremidades, apenas sombreadas de vello. Unas piernas perfectas, delgadas, bronceadas de sales y soles por la brisa del mar. Y aquellos pies descalzos, desnudos...
Tu cara, como era de esperar, era la de un arcángel. Me miraste. Nuestras miradas se entrecruzaron en un instante fugaz e intenso como un orgasmo. Luego seguiste ligando con tu marinerito. Me pareciste un calientapollas, sinceramente, y un niñato pijo que pide a gritos un par de hostias por ser tan mamón, y un hijo de papá consentido que está a falta de unos buenos azotes en el culete y de que alguien -yo, por ejemplo- se la meta bien metida hasta atrás...
Quise olvidarte, pero desde que te vi, eterno adolescente, te llevo conmigo. Día y noche. Donde quiera que vaya. Se diría que te he poseído. Me gusta fantasear contigo e imaginar que me lames el ojete y me comes la polla. Cada vez que te recuerdo, y lo hago muy a menudo, tengo que hacerme una paja a tu salud. Ahora mismo me estoy haciendo una. Cierro los ojos delante de la pantalla del ordenador y veo cómo me lames el orto, como si estuvieras comiendo un helado o chupando un caramelo con los ojos cerrados, sin ninguna repugnancia. Después me lames la polla y me la chupas como nunca nadie me la ha chupado y me tocas y acaricias los cojones con una exquisita sensualidad. Me gusta imaginar que de pronto abres los ojos y me miras a los míos. En ese momento fulminante vuelven a entrecruzarse nuestras miradas, como en el Puerto del Carmen, bajo la luna llena de agosto, siento un profundo cosquilleo en los testículos que recorre toda mi médula espinal y llega al fin al cerebro donde estalla en una sesión multicolor de fuegos artificiales, eyaculo y me muero de placer, como si perdiera el conocimiento y la noción de mi propia identidad y dejara de existir y cayera muerto aquí y ahora mismo de una vez por todas y para siempre.
oOo
El Hombre en la Luna
Dicen que hace cuarenta y tantos años el Hombre puso el pie sobre la superficie nunca antes hollada de la Luna. Aquello fue la apoteosis del espectáculo televisivo: el triunfo de la televisión, que se le imponía así a toda la población del planeta Tierra inculcándole una fe audiovisual.
El “yo sólo creo en lo que veo”, que decían los más escépticos, se convirtió en “yo sólo creo lo que veo en la televisión”. La tele, el arma de distracción masiva más poderosa y de manipulación de masas de individuos que se haya inventado nunca.
Recuerdo que sólo había un televisor en casa, que había que esperar cinco minutos a que el transformador o alternador, ya no recuerdo cómo se llamaba, se calentara para oír el sonido primero y ver al fin las imágenes en blanco y negro de la única cadena de televisión que había en España.
Recuerdo que mi padre, consciente de que era un momento histórico que yo nunca olvidaría, me despertó para que viera en directo el espectáculo retransmitido a todo el globo terráqueo. Algo dentro de mí me decía, sin embargo, que aquella fe que nos querían inculcar a fuerza de imágenes era falsa: Es mentira, como todos hemos sospechado alguna vez. El Hombre como tal no ha pisado nunca la Luna.
La Luna, aquella luna llena de agosto que resplandecía luminosa en medio de la bóveda celeste, no ha sido conquistada todavía. Sigue como estaba, virgen inmaculada, reina del universo y de la noche, inalcanzable, sola y lejana como una utopía. La Luna, musa de poetas y de lunáticos, como mi muchacho visto o entrevisto y soñado una vez en el puerto flirteando con un marinero, no había sido conquistada por la sencilla razón de que si lo hubiera sido ya no sería la luna.


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