21 de enero de 2012

Chateando; y El crimen de Adra


23añitos. -Hola, Rudy.
Rudy. -¿Qué tal?
23añitos.- Guay, ¿y tú?
Rudy.- Aquí, tirando.
23añitos.- ¿Cómo eres? Yo 180, 70 kg, 23 años, 18 cm.
Rudy: Yo 16 tacos, bajito, 70 kg.
23añitos.- ¿Estás solo?
Rudy.- Sí, ¿y tú?
23añitos.- Yo también. ¿Qué llevas puesto?
Rudy.- Una camiseta de tirantes, unos pantalones cortos, debajo unos slips ajustados, y estoy descalzo. ¿Y tú?
23añitos.- Yo no llevo absolutamente nada.
Rudy.- Guay... Espera voy a quitarme yo también la ropa para estar más cómodo, desnudos como Adán y Eva en el paraíso.
23añitos.- Vale... Yo te ayudo. Levanto tus brazos y te saco la remera.
Rudy.- Muy bien.
23añitos.- Ahora levántate, desabrocho tus shorts, que caen al suelo...
Rudy.- Sí... Oye estoy empalmado.
23añitos.- Ya lo veo... Yo también, o ¿no notas mi rabo entre tus piernas?
Rudy.- Síiiiii.
23 añitos.- Ahora te bajo el slip para que no te apriete... ¡Cómo estás tú también, tío!
Rudy.- Me pones a tope, mariconazo.
23añitos.- ¡Tienes un culo precioso!
Rudy.- Gracias. ¿Te mola?
23añitos.- Mola mucho. Lo estoy flipando. Me enloquece, tío...
Rudy.- Vamos a hacer una cosa. Siéntate tú en mi silla, y yo me voy a sentar encima de ti, bueno, encima de tu polla, que la tienes supertiesa.
23añitos.- Venga, siéntate.
Rudy.- Besémonos y abracémonos.
23añitos.- Voy a romperte el ojete, tío.
Rudy.- ¡Oh sí, rómpemelo, fóllame de cuajo, sin contemplaciones!
23añitos.- ...Oye, espera un poco. ¿Seguimos por el móvil con la opción de manos libres?
Rudy.- Jeje, claro. Venga, ponte cómodo, te llamo ahora mismito. O mejor, ¿por qué no lo hacemos de verdad y te pasas por mi casa ya mismo? Tengo sitio. Mis viejos estarán fuera todo el fin de semana. Estoy solo. Esperándote. Impaciente. Y desnudo. Deseando conocerte en el mejor sentido de la palabra.



oOo

El crimen de Adra




En Adra, provincia de Almería, se ha cometido un crimen: un hombre ha matado a su compañero sentimental, con el que estaba casado legalmente. ¿Esto es violencia de género, como dicen ahora? Parece que, con la ley española en la mano, no se da tal caso, porque la tal violencia por definición recae siempre sobre las mujeres.

Sin embargo, no toda la violencia que recaiga sobre las mujeres debe considerarse violencia de género o sexista, que es como debe llamarse, como no toda la violencia que recaiga sobre los negros debe considerarse violencia racista. Imaginemos que un marido blanco mata a su mujer negra: ¿Se trata de violencia de género o violencia racista o de ambas a la vez o de ninguna de ellas, sino de una violencia genérica, general o degenerada?

Que lo dictaminen los jueces, que para eso les paga el Estado, para que emitan los excrementos de sus sentencias y para que finjan impartir una justicia en un mundo como este nuestro en el que la justicia, como todos sabemos, brilla por su ausencia en los tribunales y juzgados,  porque no existe.

Si hubiera sido una pareja compuesta por dos féminas, se ha llegado a decir, se trataría de un caso de violencia de género, pero como es una pareja de másculos se trata, dicen, de violencia doméstica, contemplada también por las leyes y agravada por el grado de parentesco familiar que hay entre ellos, pero no de violencia de género o sexista.

La Ley española lo enredó todo al discriminar por sexos, pues habría bastado con contemplar con la misma vara de medir a todas las víctimas de los crímenes pasionales, como se llamaban antes, que en la gran mayoría de los casos son mujeres,  sin necesidad de discriminar por razón de sexo a esa minoría restante que somos los hombres, víctimas de mujeres o de otros hombres.

La creencia equivocada de que el otro te pertenece en exclusiva es la cuestión por la cual hombres y mujeres llegan a maltratar o matar a su pareja: la/o maté porque era mía/o, o lo/a maté para que fuera mío/a para siempre. Esta creencia, errónea como toda creencia, puede hacer también que el agresor acabe suicidándose: es tan suyo que por eso mismo se suicida, porque es dueño de su cuerpo, y para ser más suyo todavía, tanto al menos como su víctima.

Lo que ha quedado claro con este crimen de Adra es la inmoralidad de una ley electoralista, destinada a ganarse el voto feminista, aprobada por el gobierno, que hace distingos en las penas para crímenes iguales.