5 de enero de 2012

Cerca de Dios; y Carta abierta al futuro





- Alguna vez me he metido, ya sabes... alguna cosa. Tú ya me entiendes. - Te confesé después de hacerte el amor. -...Por el culo. -Añadí, con una aclaración innecesaria.


- ¿Cosas? ¿Qué cosas? -Me preguntaste no poco curioso tú, que te habías excitado tanto que gritaste cuando me corrí dentro de ti y alcanzaste tú también el clímax: "¡Creo que me va a dar algo!".


- Una de mis mejores y más inolvidables experiencias masturbatorias, te cuento, consistió en meterme en la bañera y una vez allí, arrodillarme e introducirme una zanahoria por el ano.

- ¿¡Una zanahoria!? -Preguntaste incrédulo rompiendo a reír.  ¡Ah! Lo que más recuerdo de ti a fecha de hoy, mi niño, lo que no puedo olvidar ahora mismo es esa risa tuya, tu risa, tu sana alegría, la sonrisa que te ilumina el rostro: que no me quite nada ni nadie el recuerdo de tu risa porque, como dice la canción, me moriría.

- Sí. No era muy gruesa, pero sí muy larga. Me introduje por el ojete lubricado con gel el tubérculo por la parte más gruesa. Enseguida dejó de haber obstáculo, vencida la resistencia de los esfínteres. Me senté para que entrara toda. Y entró. Vaya si entró, como anillo al dedo, o, como también suele decirse a propósito, como zanahoria al culo. Mientras lo hacía pensaba en el culo de un chavalito moldavo que había visto en los vestuarios de la piscina. Ese moldavo tiene un culo que lo flipas, tío.


-¿Moldavo?


-Sí, bueno, es de nacionalidad rumana, pero él reniega de su ciudadanía rumana y es un nacionalista moldavo. Todos lo llaman el Moldavo. Parece mentira que con dieciséis años no más que tendrá el pavo pueda tener las ideas políticas, malditas sean todas ellas, tan nacionalistas...


-Ah, así que tiene un buen culete el moldavo, ¿eh?


-Sí, un trasero soberbio, mejorando lo presente, que no está nada mal tampoco. No te enfades, mi niño. El caso es que se me puso enseguida rígida la polla, tiesa como un palo en el momento. Comencé entonces a ducharme y a acariciarme el pene y los testículos. La sensación del agua tibia recorriendo mi verga descapullada y las caricias en los huevos eran irrepetibles. De cuando en cuando me follaba con la zanahoria, que entraba y salía con holgura. Me hice un pajote de los que hacen historia.


-Pensabas en el moldavo,¿verdad?


-Oh, sí, él me había producido aquella calentura tras la contemplación de su perfecto cuerpo adolescente y desnudo. Pensaba que precisamente estaba dándole por el culo al moldavo culiflipante y se me hacía la boca agua descerrajándole. No la dejaba salir del todo, simplemente la metía hasta atrás, y cuando la había metido entera la metía todavía un poco más, y la sacaba hasta el límite preciso, golpeando ligeramente mi próstata cada vez que me la introducía toda... Esos golpecitos continuados precipitaron la descarga más fulminante de los cojones que he tenido nunca... ¡Qué cerca estuve de Dios gracias a una simple zanahoria y a la contemplación del culo del  nacionalista moldavo, una de sus más perfectas criaturas! Nunca he estado más cerca de Dios en mi puta vida que en aquellos momentos en los que podía tocar el cielo con mis manos y saborear la miel de la gloria bendita del orgasmo divino reservado sólo a los elegidos.




Oh Dios, ¡qué cerca estuve, real y verdaderamente, de Ti, aunque no existes, en aquellos momentos, ay, irrepetibles!

oOo

Carta abierta al futuro





Muy Señor mío:


Le escribo esta carta abierta para pedirle, con todo el respeto y la consideración que me merece, el favor de que me deje en paz. Yo sé que Vd. existe y no se me ocurre ponerlo en duda. ¡Vaya que si existe, vive Dios! Aunque no creo mucho en usted, no puedo negarle carta de naturaleza. He oído hablar de Vd. toda mi vida, desde que yo, antes de hacer uso de razón y entendimiento, era un niño chico y casi no me tenía en pie. Mis mayores me dijeron que tenía que estudiar y trabajar para ser algo y para ser alguien el día de mañana. Yo les preguntaba ingenuo que cuándo iba a llegar ese día, el día de mañana, el día de Vd... Mis mayores me respondían: Ya llegará... No te preocupes, ya llegará.


La verdad era que el día de mañana no llegaba nunca.  De hecho,  se puede decir que todavía  sigo  esperándolo, aquí sentado. Y lo único que veo es que mañana es mañana siempre o, mejor dicho, pasado-mañana, o lo que es lo mismo, nunca: una zanahoria inalcanzable, un trampantojo. Cuando creo que ya ha llegado, cuando creo que ya es mío, resulta que no, que se desvanece y se me escapa de las manos como un puñado de aire o de humo. Llevo ya casi cuarenta años de mi vida, toda una vida, que se dice pronto, esperando ese dichoso día venidero que no acaba de venir nunca de gloria. Y ya me estoy empezando a cansar. Pero no he perdido el tiempo, creo. En todo este intervalo que llevo aguardando, he comprendido algo: ahora y mañana son palabras contradictorias, enemigos íntimos irreconciliables.


Es más: Ahora sé algo que antes no sabía: que es Vd., señor Futuro, lo que más existe, casi lo único que existe: el solo dios que es el que es y que está instalado aquí desde siempre. Es más: Vd. no sólo existe, sino que además, insiste, subsiste, asiste, consiste, resiste, coexiste, persiste y nunca desiste. Vd. sabrá disculpar mi osadía y la molestia de leer estas líneas antes de arrojarlas a la papelera, pero le voy a decir la verdad, que siempre duele. Lo que me cabrea es que Vd. nos ha secuestrado el ahora, lo ha vaciado de contenido instalándose en él y desalojándonos a nosotros, condenándonos a ser sólo un proyecto. Vivimos todos tan pendientes del porvenir que somos incapaces de disfrutar de este momento presente, el único que de verdad tenemos entre nuestras manos ahora mismo.


Yo no tengo ningún interés en conocerlo a Vd. ni de cerca ni de lejos. No le escribo esta carta por eso. Le escribo para decirle que no me creo ese cuento suyo de la resignación cristiana de que mañana vamos a alcanzar la vida eterna, la vida verdadera de verdad, en el Más Allá, ni tampoco ese otro cuento del final de la historia y de  la resignación marxista de la superación de la sociedad de clases del materialismo histórico y del sistema de producción capitalista para alcanzar el paraíso del comunismo primitivo aquí en la Tierra. A mí y a los muchos que no creemos en las tierras prometidas de las otras vidas en los lejanísimos y carísimos hoteles del Más Allá o del Más Acá, tanto monta, Vd. nos importa un bledo. Nosotros no tenemos futuro, y ni falta que nos hace.


Vd., señor Futuro, ya está aquí, siempre ha estado aquí, habitando entre nosotros: es la Muerte: la muerte del ahora: no queremos sacrificar en sus altares ni un solo momento más, ni un ápice, de nuestra vida presente. Si una gitana nos echa las cartas o nos lee las rayas de las manos honestamente ahora mismo sólo puede ver una cosa: que ya estamos muertos. Que los muertos somos nosotros, los que consumimos el presente esperando el futuro perfecto que siempre está por-venir y que paradójicamente no llega nunca.


Me atrevo a decirle, Señor Futuro, que no lo necesitamos a usted para vivir ni para nada. Todo lo contrario: nos sobra. ¡Váyase, Señor Futuro! Déjenos vivir en paz. Yo le ruego, nosotros le rogamos, humildemente, que se vaya de una vez, que salga de nuestras vidas por donde entró. Para vivir, para resucitar la gloria del momento presente, necesitamos que usted deje de existir: que se vaya de esta casa del tiempo, que es nuestra condena. Si no se va usted, somos nosotros los que vamos a irnos de casa, de esa casa, de su casa.


Háganos ese favor, déjenos, nosotros somos poca, poquita cosa y no queremos ser mucho más. A nosotros y a los otros: a los otros que vendrán después, a los que vengan si siguen viniendo por fortuna criaturas al mundo después de nosotros. Déjenos, por lo que más quiera.


Le saluda atentamente, Fael, uno cualquiera, que le planta cara y se enfrenta a Vd. escribiéndole esta carta abierta y dándole  la espalda, Señor Futuro. (Bueno, en realidad el trasero de la foto no es el mío, sino el de mi amigo R., bien recio, prieto y viril, en la penumbra de su habitación cuando aún no había ingresado en el psiquiátrico donde ahora reside; a él no le gustaba la foto; me decía que la quitara, pero a mí me parecía que estaba muy bien el gesto de apretar el culo como él hacía para que el futuro no le diera por ahí).