20 de enero de 2012

Casi sin palabras; y El autor y su obra.


A veces vale más una imagen, como dice el refrán,  que mil palabras. Sin embargo, otras veces, muchas veces, una sola palabra puede hacer despertar en nuestra imaginación mil imágenes. Palabras como "amigo", "sonrisa", "amor", "cariño" o "sentimiento". Y sobre todo una palabra tan importante como es “tú”, que no significa propiamente nada, porque no tiene significado, pero que te apunta con el dedo índice a ti inequívocamente y que me trae en tropel como por arte de magia todos los recuerdos y sugerencias y reminiscencias tuyas.
 
Si comparamos ahora las dos imágenes que os presento, comprobamos que la primera es una composición  diríamos, procedente de la imaginación calenturienta, quizá, de un fotógrafo erótico que quiere realzar la belleza y el morbo del cuerpo masculino, o de un publicista de ropa interior de impecables calzoncillos blancos  contrapuestos al uniforme policial azul oscuro, en la que se recrea una escena de dos agentes de las fuerzas represivas del Estado  que reducen y detienen a dos jóvenes semidesnudos, obligado uno a agacharse y apoyarse contra el auto mientras el agente le sujeta por detrás.


Mirad ahora la foto de abajo: algo nos dice que esta imagen está tomada directamente de la realidad, concretamente en Jerusalén;  de hecho la publicaron los periódicos el otro día. Ahora es el uniforme militar de un soldado armado, otro esbirro del Estado, el que se contrapone a la semidesnudez del prisionero, cuyos ojos están además vendados. Ambas expresan el erotismo morboso de la violencia de este mundo nuestro.

Hay algo y aun mucho de morbo en ambas imágenes, reconozcámoslo. Es morboso que otro u otros que portan uniforme y armas, es decir, que tienen licencia para matar y quitarte la vida,  te sorprendan desnudo o semidesnudo, o que te desnuden, que te venden los ojos, que te esposen y detengan, que incluso hagan uso de cierta contundencia física o violencia psicológica y de ciertos malos modales contra ti. 


Todo eso  puede ser lícito siempre y cuando no sea más que un juego erótico libremente aceptado por ambas partes. Lo indecente y escandaloso, como pasó en Abú Grahib, o el otro día en Afganistán, donde unos soldados americanos orinaban sobre unos cadáveres afganos, es que sea un abuso de poder  legitimado por la violencia impuesta desde arriba y una tropelía que muestra la opresión del hombre por el hombre en este cochino mundo nuestro.



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El autor y su obra




El Ministerio de Cultura, o como quiera que se llame ahora ese invento del Gobierno que nos malgobierna,  como cualquier otro gobierno habido o por haber, aliado con la todopoderosa  Sociedad General de Autores de España, presidida por un Dios que en uno de sus mandamientos consagra la propiedad privada, y  parapetado bajo el ominoso nombre de “Comisión antipiratería” abrió hace tiempo un proceso de control y regulación de la Red sin precedentes.

Diseñaron, como dicen ellos, un plan para terminar con el derecho de acceso a las obras de arte y de la cultura que ellos nos escamotean pirateándolas, es decir, privándonos de ellas al común y prostituyéndolas a los intereses comerciales,  acompañado de una millonaria campaña de propaganda pagada por los bolsillos de todos los contribuyentes, que contribuimos a ella aun a nuestro pesar, y en la que se vierten falsedades como la de que descargarse archivos sin ánimo de lucro de las redes p2p es ilegal. No lo es.


Si eres legal, como dicen ellos, y descargas contenidos culturales protegidos por derechos de autor o copyright de la red y los compartes, siempre que lo hagas sin intención comercial por tu parte, no estás infringiendo ninguna de las leyes vigentes, por lo tanto, eres legal.


Compartir, además, nos lo enseñaron nuestros mayores cuando nos criaron de pequeños, es bueno; además de moralmente ético, es estimulante para la creatividad, la innovación y la transmisión de la cultura. Hay obras culturales, que no son rentables económicamente, y que desaparecen por esa misma razón al aplicarles criterios mercantilistas, pero que gracias a la Red pueden descargarse y rescatarse del olvido.


Las actuales leyes del copyright o derechos de autor limitan enormemente la difusión de la cultura y nos impiden acceder libremente y sin cortapisas legales a una obra cultural, que debería ser muchísimo antes patrimonio de la humanidad, es decir, de todos y de nadie, hasta 70 años después de la muerte de su autor, por lo que podemos encontrarnos con obras secuestradas durante más de un siglo por su supuesta falta de interés comercial. Es contradictoria la existencia de los derechos del autor a la propiedad intelectual de su obra y el derecho colectivo a disfrutar de ella y a la cultura. Y eso un ministro de cultura debería saberlo y tenerlo en cuenta, a no ser que no esté para eso, sino para todo lo contrario, que es para lo que está.