Todos los días voy a la piscina. Y lo hago por dos razones, porque me gusta nadar y porque me encantan los vestuarios masculinos donde se pueden ver cosas como las de la foto todos los días. Los homosexuales podemos hacer realidad la fantasía que a los heterosexuales les está prohibida: entrar en un vestuario y ver cuerpos desnudos que nos pongan en toda su naturalidad. Muchos heterosexuales pagarían dinero por poder entrar en un vestuario femenino... Nosotros lo hacemos sin ningún problema en uno masculino, donde podemos exhibirnos -ya sabéis los que me conocéis que yo soy ¿un poco? exhibicionista- y ojear a los demás, y yo soy un buen ojeador de culos. Por supuesto que son más los culos que ojeo que los que me es dado catar.
¿Por qué se llamarán "vestuarios" si a lo que vamos allí algunos, muchos, es a desnudarnos y a ver cómo se desnudan los demás y no a vestirnos?
Ayer, sin ir más lejos, cuando me estaba cambiando -había salido de la ducha y, completamente desnudo, me demoraba secándome en el vestuario-, un chico de veintipocos años había entrado del gimnasio y, dándome la espalda, iba a quitarse camiseta, calzón y calzoncillo para ir a la ducha. Pues bien, me giré y pude ver el momento glorioso en que dejaba al aire libre y a mi contemplación un culo soberbio que hubiera penetrado allí mismo, teniendo en cuenta que estábamos los dos solos.
¿Qué pasó? Pues que entró otro chico, guapísimo, jovencísimo, que estaba buenísimo, y que comenzó a desvestirse sin ningún complejo delante de nosotros. Llegado el momento de quitarse el calzoncillo -muy simpático, por cierto y colorista-, el lindo adolescente nos dio la espalda a los dos que nos dábamos la espalda mutuamente. ¿Qué sucedió entonces? Pues un efecto en cadena: yo me volteé disimuladamente para verle el culo, y el otro chico que me daba la espalda hizo lo mismo: se quedó mirando descaradamente el culo del otro, sin percatarse de que yo hacía lo mismo, y, además, me fijaba en él, que se fijaba en el otro. ¡Qué ménage à trois podíamos haber organizado allí mismo!
No. En serio. El juego de miradas de los vestuarios revela que a los hombres nos gusta fijarnos en los hombres, compararnos con nuestros semejantes, reparar en lo bien dotados que están o en el culo que tienen... Estoy por asegurar que el chico que me daba la espalda era tan maricón como yo, o más, a juzgar por cómo le clavó los ojos al otro. ¿Y el otro? ¡Quién lo sabe! Estadísticamente es más que probable que sea heterosexual, aunque podría ser bisexual o también homosexual como nosotros.
Tres másculos en el gimnasio: el mayor, que soy yo, le mira el culo a uno de los jóvenes, y resulta que éste le mira el culo al otro joven que acaba de hacer una entrada espectacular. Yo me percato del juego de miradas. Y me digo: qué suerte tenemos los maricones, que podemos mirar y ver, porque la mirada es libre, pero no tocar, claro, que eso ya es otro cantar.
Si os da reparo desnudaros en un vestuario masculino por temor a que el rabo se os empine, no tengáis cuidado. Yo, por lo menos, lo controlo mucho. Y si se os levanta, hay que actuar con naturalidad. No pasa nada. Discreta toalla para disimuar la calentura y a la ducha, grifo de agua fría. Y, si no, un buen pajote a la salud de los hombres que se desnudan sin complejos delante de otros hombres.
Me fui, a mi pesar, diciéndoles a los dos: "¡Hasta luego!". Me respondieron al unísono: "¡Hasta luego!"
Sin noticias de Gálvez

Llegado el fin de semana y yo no tengo a nadie
que me quiera. Me hundo en un abismo de soledad.
¿En dónde estás, amor, que no te veo aún,
amor desconocido mío, hermano mío?
¿Por qué no vienes, Gálvez, como viene el viento?
Echo de menos tu calor y compañía,
tu amistad y besos, tu cariño, cuerpo y alma,
que no conozco todavía y que presiento.
Llega la noche del sábado: las parejas joden.
Y yo, que estoy sin ti, me acuesto y duermo solo
imaginando que me das por el culo y boca
tu amor a chorros y a raudales, diecinueve
centímetros de verga dentro que me follan
clavando en mí la flecha a fondo de Cupido.
(Chateando con alguien, me he enterado de que Gálvez es, literalmente, un calientapollas, alguien que sólo quiere cibersexo y que a la hora de quedar de verdad y verse las caras y los cuerpos se escaquea... Espero y deseo que no sea así. Quiero pensar que Gálvez existe de verdad y que no es un mero ser virtual como Dios padre, es decir un fantasma cibernético, sino carnal, de carne y hueso, pero...).

8 comentarios:
No puedo creer que Gálvez se volviera , como dicen por mi tierra, en más rollo que película.
Lo siento por ti Fael pero no te quedes en casa. Mira que en la bella España se encuentran muchos majos en las calles de sus ciudades.
Andrés.
Gracias por el consejo, Andrés. Pero me siento solo, y eso no se arregla fácilmente saliendo a la calle y abordando al primero que te guste. Es verdad que hay muchos majos por las calles de esta bella y puta España, la madre que la parió, pero a mí me ha herido Cupido con una de sus flechas del amor y en mi corazón sólo cabe ahora mismo Gálvez. O él o nadie. No tengo ojos para esos muchachos que pasan anónimos y bellos por la calle...
Pero gracias, Andrés. Trataré de superarlo y de salir adelante. Como sea. Ya siento que Gálvez sea más rollo que película. También lo es para mí. Un rollazo.
La verdad es que nunca creí que me enamoraría como una colegiala de diecinueve centímetros de carne, yo, que siempre he dicho que no importa el tamaño, que eso era lo de menos... Ya ves, no se puede decir nada. No se puede escupir al aire, porque luego te cae encima. Besos en tus partes más nobles, sean las que sean, Andrés, Andresito, Andrés (que quiere decir viril y varonil, según creo, en griego).
Bellisimo el poema, me he identificado al recordar las giras de Loocky cuando duraba mas de un mes fuera de casa.
Beso y abrazo cariñoso,
No te lo había dicho pero me gustaron mucho tus fotos personales.
Otro beso y abrazo por eso.
Gracias, Areko, eres un encanto.
Un besazo.
Te veía desde la pantalla de mi ordenador,
como la mano para tomar la mía me acercabas,
tu cuerpo tendido, desnudo, calentando deseo,
tu mirada clavada en la mía las dos se fundían
en un cibernético amor en una larga sesión.
Vestuarios masculinos, lugar de placeres,
de furtivas miradas y de pequeños goces
voyeurísticos, de golosos cuerpos desnudos,
de falos colgantes, algunos medio empalmados,
deseos de culos hermosos y musculados,
y cuerpos algunas veces con suerte gozados.
Te lo copiaré 100 veces en la pizarra.
Mentira todo, escribías en la pizarra desnudo
esperando te tomara y te follara a ti, único
amor de mi vida, deseo prolongado en el tiempo.
Decías estar tocado por Cupido-Apolo
pero eras un puto farsante calientapollas,
todo era en ti palabraderia cibernética
amor falso, sexo virtual, nada real.
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