
Cuentan las crónicas que el prudentísimo y legendario rey de Roma que fue Servio Tulio estableció con admirable precisión que la vida del hombre se dividía en tres etapas o edades.
Determinó que la primera era la que iba desde la cuna hasta los diecisiete años y él la llamó puericia o infancia en sentido amplio, quizá la mejor época de la vida aunque sólo sea porque es la primera vez que se abren los ojos a las cosas.
La segunda edad iba de los 17 a los 46 años cumplidos, período en que los romanos eran considerados aptos para el servicio militar, y la llamó "iunior", es decir, la juventud del hombre en el sentido más generoso del término.
A partir del cuadragésimo sexto año de edad, consideraba el sabio rey que los hombres entrábamos en la categoría "senior", de los más viejos, donde me encuentro yo ahora recién llegado, después de haber atravesado la niñez y de haber servido contra mi voluntad al Rey y a la Realidad, malditos sean ambos, tan falsos los dos como reales.
Me veo, pues, instalado en la vejez que algunos prefieren llamar, para quitarle hierro, "senectud" o con un eufemismo políticamente correcto "madurez". Es la tercera edad, la etapa final, la del desengaño, la del descubrimiento de que todas nuestras certidumbres y certezas, incluidos nosotros mismos, eran mentira; y que los rostros eran máscaras.
¿Por qué renegar de la vejez? Es hermosa esta última edad: son hermosas las canas y las arrugas y la vista cansada de ver que las cosas son como son, y el desengaño que nos hace reencontrarnos con el niño que llevamos dentro, con nosotros mismos.
Si la pueriecia era adecuada a la sodomía paciente o bujarrona y si la juventud lo fue a la sodomía agente o activa, la senectud vive, sobre todo, del recuerdo de tiempos pasados; nada más dulce que el recuerdo, y nada más amargo que la memoria. Tengamos mala memoria a fin de que afloren los buenos recuerdos.
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