Un extraño llama a la puerta

Si eres menor de edad, no cruces este umbral. Lo que hay aquí podría herir tu sensibilidad. Confórmate con la realidad, aunque es mentira, y con los entretenimientos para bobos que te echan por la tele.

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Nombre: Fael

¿Qué importa mi identidad personal individual?

viernes, mayo 23, 2008

Tazas chinas (I)


Son unas tazas de cristal en cuyo fondo se deposita alcohol que se prende fuego; a continuación se aplican sobre la espalda, por ejemplo, como si fueran una ventosa; el fuego entonces se alimenta del oxígeno que ha quedado dentro de la taza y se consume; el calor que se produce saca entonces la contractura -estamos hablando de una terapia muy antigua y muy natural, que también se conoce como cupping en la lengua del imperio- haciendo que la carne se infle o se hinche como si la estuviera absorbiendo, resolviéndose así el problema muscular.


Mi fisioterapeuta, un chico joven y atractivo, bastante atlético y simpático, me puso varias en la espalda por una reciente lesión que he padecido y tuvo incluso que bajarme el calzoncillo hasta más allá de donde permite el pudor para ponerme un par de tazas chinas en la nalga izquierda, a fin de eliminar el posible pinzamiento del nervio ciático, y varias en el mundo izquierdo, por lo que me tuvo prácticamente desnudo, a su merced, lo que no dejó de excitarme un poco, me avergüenzo de ello, produciéndome una erección, todavía no sé si deseada o indeseable. De lo que no me cabe duda es de que Juan, mi fisiloterapeuta, se dio cuenta y sonrió.


Imagináos al chico de la foto de abajo con los calzoncillos medio bajados y dos tazas chinas en la nalga y otras dos en el muslo izquierdo. Mañana os hablaré del masaje.








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jueves, mayo 22, 2008

Las tres edades


Cuentan las crónicas que el prudentísimo y legendario rey de Roma que fue Servio Tulio estableció con admirable precisión que la vida del hombre se dividía en tres etapas o edades.

Determinó que la primera era la que iba desde la cuna hasta los diecisiete años y él la llamó puericia o infancia en sentido amplio, quizá la mejor época de la vida aunque sólo sea porque es la primera vez que se abren los ojos a las cosas.

La segunda edad iba de los 17 a los 46 años cumplidos, período en que los romanos eran considerados aptos para el servicio militar, y la llamó "iunior", es decir, la juventud del hombre en el sentido más generoso del término.

A partir del cuadragésimo sexto año de edad, consideraba el sabio rey que los hombres entrábamos en la categoría "senior", de los más viejos, donde me encuentro yo ahora recién llegado, después de haber atravesado la niñez y de haber servido contra mi voluntad al Rey y a la Realidad, malditos sean ambos, tan falsos los dos como reales.

Me veo, pues, instalado en la vejez que algunos prefieren llamar, para quitarle hierro, "senectud" o con un eufemismo políticamente correcto "madurez". Es la tercera edad, la etapa final, la del desengaño, la del descubrimiento de que todas nuestras certidumbres y certezas, incluidos nosotros mismos, eran mentira; y que los rostros eran máscaras.

¿Por qué renegar de la vejez? Es hermosa esta última edad: son hermosas las canas y las arrugas y la vista cansada de ver que las cosas son como son, y el desengaño que nos hace reencontrarnos con el niño que llevamos dentro, con nosotros mismos.

Si la pueriecia era adecuada a la sodomía paciente o bujarrona y si la juventud lo fue a la sodomía agente o activa, la senectud vive, sobre todo, del recuerdo de tiempos pasados; nada más dulce que el recuerdo, y nada más amargo que la memoria. Tengamos mala memoria a fin de que afloren los buenos recuerdos.

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miércoles, mayo 21, 2008

Como pez en el agua


El pez no sabe que está inmerso en el liquido elemento hasta que el pescador lo pesca, pero entonces ya no importa ese saber, porque el pez ha dejado de ser un pez en el agua, un pez libre, para convertirse en un pescado que se exhibe fuera del agua, todavía fresco acaso pero muerto, en el mostrador de una pescadería, con un nombre y un precio.

Ya sabemos su identidad: para conocerlo lo hemos sacado de su elemento que era el agua primordial y le hemos quitado la vida, igual que hace el coleccionista de mariposas con los lepidópteros que diseca. Al ponerle a lo que era vida un precio, lo convertimos en muerte, lo matamos, y lo incluimos como objeto de consumo, como mercancía, en el mercado.

Como cantaba Leo Ferré, "Ni dieu ni état": Ni dios,que es el dinero, o sea el capital, ni estado, que es la otra cara de la moneda, lo mismo aunque no lo parezca. Volvamos al agua, que es nuestro elemento, como vinimos al mundo, en cueros vivos. Libres, como peces en el agua.Ni estado ni dios.




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martes, mayo 20, 2008

Antipsiquiatría, contrapsicología


Parece que en el sufrimiento se disuelve el ego o personalidad de uno, hasta tal punto lo han dignificado los estoicos, los masoquistas y los cristianos, pero no es así: el sufrimiento es la esencia del yo, mi propia esencia, común a toda la humanidad, es decir, a todos los que podemos hablar en primera persona del singular y decir "yo" en cualquiera de las lenguas de la torre de Babel, por eso mi malestar, mi desasosiego, mi dolor, mi depresión no son asunto "mío" exclusivamente, aunque psicólogos y psiquiatras me atiborren a pastillas y a psicoterapias y traten de convencerme de que es un problema personal, que sólo yo debo resolver por mi propio bien porque sólo a mí me incumbe y a mi salud.


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lunes, mayo 19, 2008

Primer amor




Yo que sobreviví al primer
amor, puedo sobrevivir
cualquier otro, me cago en Él:
no hay amor sin engaño.


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domingo, mayo 18, 2008

Eduardo, amigo mío, Lalo


Eduardo, amigo mío, Lalo, mi primer
amor: perdidamente enamorado yo
estaba sin saberlo y darme cuenta, y tú
enamorado estabas de una puta novia
inexistente, idealizada ninfa y musa.
Conservo aún tus versos, fruto de Rimbaud,
y el recuerdo de tus borracheras indecentes
escandalosas, y el remanso de tus ojos
en los que naufragué una vez y en los que ví
que eras mi amigo y no podías ser mi amante.
Me preguntaste aquella noche:"¿Qué te pasa?"
mirándome a los ojos como nunca nadie
me había a mí mirado. "Nada", te mentí.
Me había enamorado de mi mejor amigo;
tú fuiste mi primer amor, el que más te hiere.
Cuando nos separamos, una depresión
se apoderó de mí. Escuchando a Lou Reed añoro
la adolescencia y la dulzura de tus ojos
y tu dulce picha, reservada para el coño
que yo no tengo, y no podía darte, amor.



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sábado, mayo 17, 2008

Fe, esperanza y caridad


Tres, según nos enseñaba el catecismo, eran las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad.


De la fe ya hemos dicho aquí muchas veces que es la causa de la barbarie y la barbarie misma: una barbaridad. Da igual que creamos en lo que no se ve como que creamos en lo que se ve por la televisión.


De la esperanza decimos ahora que no hay razones objetivas ni para el optimismo ni para el pesimismo, ni para la esperanza ni para la desesperación.


Y ¿qué diremos de la caridad o cáritas critiana? Pues que es una palabra viciada, sinónima de compasión y conmiseración, aunque originariamente en latín era sinónima de "amor" o "cariño", ya que era el sustantivo del que derivaba el adjetivo "caro" o "querido". La caridad cristiana no deja de ser una subvención por ejemplo a los pobres para que siga habiendo pobreza en el mundo y podamos nosotros seguir siendo caritativos, burdo simulacro de la justicia que perpetua y perpetra la injusticia. La versión laica de la trasnochada caridad cristiana es la solidaridad, palabra con la que se llenan la boca todos los sinvergüenzas que en el mundo son.



Nosotros, que somos poco virtuosos, no practicamos ninguna de las tres virtudes teologales, y desaconsejamos a todo el mundo su práctica: ni fe, ni esperanza (pero tampoco desesperación) ni caridad cristiana, sino todo lo contrario.


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